“Hay algo profundamente contradictorio —y políticamente muy revelador— en determinados discursos de nuestro país: quienes se apresuran a escandalizarse cuando en un acto público se entona el «Cara al Sol» parecen sufrir una sorprendente amnesia cuando políticos, militantes y simpatizantes de la izquierda levantan el puño cerrado y cantan «La Internacional» en mítines, manifestaciones, congresos y actos públicos. Y conviene decirlo sin rodeos: las libertades no pueden tener una ideología determinada…”
Luis BONETE. Periodista Copyright-2026
Hay algo profundamente contradictorio —y políticamente muy revelador— en determinados discursos de nuestro país: quienes se apresuran a escandalizarse cuando en un acto público se entona el «Cara al Sol» parecen sufrir una sorprendente amnesia cuando políticos, militantes y simpatizantes de la izquierda levantan el puño cerrado y cantan «La Internacional» en mítines, manifestaciones, congresos y actos públicos. Y conviene decirlo sin rodeos: las libertades no pueden tener una ideología determinada.
Si una sociedad democrática reconoce y se apoya en la libertad de expresión, esa libertad no puede funcionar mediante un sistema de permisos concedidos según la etiqueta política del ciudadano. No puede existir una libertad de expresión para unos y una libertad vigilada para otros.
Esa libertad de la que hablo, a la que me refiero, puede considerar deplorable el «Cara al Sol». Se puede criticar la Falange.., claro que se puede criticar!. Se puede rechazar frontalmente su ideario. Exactamente igual que esa libertad se puede usar para poner en solfa el socialismo, el comunismo o la historia de los regímenes autoritarios con millones de muertos a sus espaldas que se han proclamado comunistas.
Pero criticar una ideología no otorga el derecho a negar a quienes la sostienen las mismas libertades que se reconocen a quienes sostienen otra ideología. Ese es el punto que algunos no solamente parecen empeñados en entender.
¿Qué diferencia hay cuando cambia el color político?
El problema aparece cuando determinados sectores pretenden convertir sus propias referencias históricas en símbolos legítimos y las de sus adversarios en símbolos intrínsecamente ilegítimos.
En España, dirigentes y militantes de la izquierda levantan habitualmente el puño cerrado, símbolo histórico del movimiento obrero y de las tradiciones socialista y comunista. Lo hacen en actos políticos, manifestaciones, mítines y congresos. Se canta «La Internacional». Se exhiben banderas y símbolos asociados a esas tradiciones. Y nadie debería escandalizarse por ello siempre que se haga dentro de la legalidad.
Precisamente por eso tampoco resulta coherente que el mismo derecho se niegue cuando miembros de FE-JONS realizan su tradicional saludo con el brazo derecho extendido y la palma hacia abajo, o cuando entonan el «Cara al Sol».
¿Dónde está la diferencia jurídica? ¿Dónde está la diferencia democrática? ¿O es que el criterio no depende realmente del símbolo, sino de quién lo utiliza?
Porque si el puño cerrado puede interpretarse como una expresión política legítima cuando lo levanta un militante de izquierdas, habrá que aceptar que un saludo asociado a la tradición falangista puede ser, igualmente, una expresión política de quien lo realiza, sin que por ello haya que convertir automáticamente al ciudadano que lo hace en un delincuente, un fascista o una amenaza latente para la democracia.
Un gesto no adquiere legitimidad democrática por llevar determinada etiqueta política, ni pierde automáticamente esa legitimidad por llevar la contraria a quienes gobiernan o dominan culturalmente.
La historia no puede utilizarse selectivamente
Hay otro problema todavía más grave: utilizar la historia como arma arrojadiza únicamente contra el adversario. Si vamos a juzgar las canciones, los símbolos y los gestos políticos exclusivamente por la historia de las ideologías a las que estuvieron vinculados, entonces habrá que hacerlo con todos.
Porque detrás del «Cara al Sol» existe una historia política que puede y debe ser analizada críticamente. Pero detrás de «La Internacional» existe también una tradición política con una historia muy compleja, y el socialismo y comunismo histórico no pueden presentarse como una corriente políticamente inocente por el simple hecho de que hoy existan partidos democráticos que se identifican con ella.
La cuestión, por tanto, no puede ser «¿qué símbolo me gusta?», sino «¿acepto para mi adversario político la misma libertad que reclamo para mí?» Ahí es donde se descubre quién cree realmente en la libertad.
La democracia no consiste en censurar al adversario
Hay una enorme diferencia entre combatir políticamente unas ideas y pretender silenciarlas. Una democracia fuerte no necesita esconder los símbolos que le resultan incómodos. Los confronta. Los discute. Los rebate. Los somete al juicio de los ciudadanos.
Lo que resulta incompatible con una cultura democrática es la tentación de establecer una especie de jerarquía moral de las libertades, según la cual determinados símbolos serían expresiones políticas respetables y otros convertirían automáticamente a quien los exhibe en sospechoso. Eso conduce a una conclusión especialmente peligrosa: que la libertad deja de ser un derecho y pasa a convertirse en una concesión. Y una libertad concedida por quienes tienen poder deja de ser una libertad plena.
La prueba de la democracia está en el adversario
Es muy fácil defender la libertad de expresión cuando habla alguien con quien estamos de acuerdo. La verdadera prueba llega cuando habla nuestro adversario. Por eso, quien defiende que la izquierda pueda cantar «La Internacional» y levantar el puño conforme a la norma, y no ser criticado por ello, debe aceptar que un falangista pueda entonar el «Cara al Sol» o realizar su saludo tradicional, sin tener que ser sometido a juicio moral o escarnio público. Y quien considere intolerable lo segundo debería tener la honestidad intelectual de explicar, si puede, por qué considera tolerable lo primero.
Desde mi punto de vista, lo que no vale es construir una democracia en la que unos puedan exhibir sus símbolos como expresión de memoria, identidad o ideología, mientras a otros se les exige avergonzarse de los suyos, esconderlos o permanecer en silencio. Eso no es igualdad. Eso es sectarismo. Y el sectarismo no se convierte en democracia por repetir muchas veces la palabra «democracia».
El mismo rasero para todos
No se trata de reivindicar una canción frente a otra. Ni de afirmar que todas las ideologías tienen la misma historia. Ni mucho menos de negar las diferencias históricas entre unas y otras. Se trata de exigir algo mucho más elemental: el mismo rasero. Si «La Internacional» puede cantarse en un acto político, el «Cara al Sol» no puede convertirse automáticamente en un escándalo por el mero hecho de que lo canten otros.
Si un dirigente de izquierdas puede levantar el puño cerrado como expresión de su tradición política, no resulta coherente presentar automáticamente como intolerable que un militante de FE-JONS realice su tradicional saludo. Y si alguien quiere establecer límites jurídicos a determinados símbolos, tendrá que defender esos límites con criterios objetivos, generales y aplicables a todos, no mediante una censura selectiva dirigida exclusivamente contra el adversario ideológico.
Porque la democracia no consiste en decidir qué libertad merece tener mi adversario. Consiste en reconocerle los mismos derechos que quiero que se respeten cuando los ejerzo yo. Y aquí está la cuestión fundamental: Si la libertad de expresión solo se defiende cuando habla quien piensa como nosotros, no estamos defendiendo la libertad. Estamos defendiendo nuestro privilegio para hablar.
Una democracia digna de ese nombre no necesita ciudadanos ideológicamente autorizados para cantar, levantar un símbolo o expresar una determinada tradición política. Necesita ciudadanos iguales ante la ley. Por eso, frente a la indignación selectiva, solo cabe exigir una cosa: el mismo derecho para todos, el mismo límite para todos y el mismo rasero para todos.
Porque cuando la libertad depende de quién la ejerce, ya no es libertad: es privilegio ideológico.
AE!!
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