«…, este escrito de sábado por la tarde después de comer, debe de entenderse, o por lo menos así me gustaría, adornado de un carácter constructivo, alejado de la confrontación, a través del cual reflexiono y trato de evidenciar la, a mi juicio, injusticia existente en la desigualdad de la representación visual oficial, es decir, en el cartel oficial que promociona las Fiestas Mayores de Almansa. Es ya muy sabido y reescrito allá y acullá que, en la ciudad natal de Santiago Bernabéu y José Luis Sánchez, ha ya bastante tiempo que, tras sobreponerse a multitud de crisis y peleas de gallo de pétreo espolón y raza autóctona, conviven dos tradiciones festivas de profundo arraigo y significado…»
Luis BONETE. Periodista Copyright-2026
Este escrito de sábado por la tarde después de comer, debe de entenderse, o por lo menos así me gustaría, adornado de un carácter constructivo, alejado de la confrontación, a través del cual reflexiono y trato de evidenciar la, a mi juicio, injusticia existente en la desigualdad de la representación visual oficial, es decir, en el cartel oficial que promociona las Fiestas Mayores de Almansa.
Es ya muy sabido y reescrito allá y acullá que, en la ciudad natal de Santiago Bernabéu y José Luis Sánchez, ha ya bastante tiempo que, tras sobreponerse a multitud de crisis y peleas de gallo de pétreo espolón y raza autóctona, conviven dos tradiciones festivas de profundo arraigo y significado: la fiesta tradicional manchega y la fiesta de Moros y Cristianos. Ambas, forman parte inseparables del patrimonio cultural de nuestro municipio y constituyen remarcadas señas de identidad que nos definen como comunidad. Sin embargo, en un escenario idílico de mar chicha festera, surge año tras año cual ave fénix, un elemento distorsionador paridor de polémicas soterradas: el cartel anunciador de las Fiestas Mayores, una creación artística orientada a difundir los elementos representativos de la ciudad, y que su diseño, sí o sí, debe reflejar el espíritu, la esencia y cohabitación de las Fiestas almanseñas. Pues bien, es de notorio conocimiento que, esta nombradía, elegida por un grupo de personas en forma de Jurado, no se sabe bien por qué, pudiendo elegir entre una abundancia de posibilidades y diseños gráficos, desde hace años viene priorizando en el citado Cartel la representación de la fiesta tradicional manchega, relegando escandalosamente a un segundo plano y prácticamente invisibilizando (como es el caso de este año) la fiesta de Moros y Cristianos. Es esta una situación en la que mi humilde opinión, que por lo general más que escuchada suele ser mancillada, enmarca una reflexión crítica y constructiva.
El cartel de Fiestas de cualquier ciudad (en este caso concreto de Almansa) no es un mero elemento decorativo o publicitario. Es, ante todo, un símbolo de identidad colectiva que representa y comunica qué es lo que celebramos como pueblo. Es la imagen oficial que proyectamos hacia dentro y hacia fuera, inevitablemente la primera impresión que reciben visitantes y forasteros, tirios y troyanos, y el reflejo de cómo nos concebimos a nosotros mismos como comunidad festiva.
Cuando un cartel prioriza sistemáticamente una fiesta sobre otra, no solo está tomando una decisión estética, sino que está realizando una declaración implícita sobre qué tradición merece mayor visibilidad, qué colectivo es más importante, y qué identidad cultural queremos proyectar. Este mensaje, aunque no siempre consciente, es captado y muy bien por cierto por todos los festeros y vecinos.
Para los festeros (varios miles) de la Agrupación de Comparsas de Moros y Cristianos de Almansa ver año tras año cómo su Fiesta queda relegada a un papel secundario en el cartel oficial genera un comprensible sentimiento de frustración y marginación que recorre como la pólvora (desgraciadamente a nivel privado, porque es conocido que en este pueblo el que se mueve no sale en la foto) tertulias, cafés y reuniones de Juntas Directivas…, etc., etc. No se trata de una cuestión de vanidad, no, sino de reconocimiento justo al esfuerzo, la dedicación y la pasión que los festeros de la Agrupación invierten en mantener viva una Fiesta en cuya ausencia a Almansa solo le quedaría la faja, el garrote, las albarcas, la gachamiga y el marisco de porquera, dicho sea todo ello con profundo respeto.
Las comparsas moras y cristianas dedican meses de trabajo, recursos económicos significativos, tiempo personal y familiar, y una energía inmensa en la organización de desfiles, actos como la Embajada Mora (santo y seña de nuestras Fiestas Mayores) ensayos y actividades. Sus miembros son tan vecinos de esta ciudad como cualquier otro, y su compromiso con la fiesta local es igualmente valioso. Cuando el cartel oficial parece no reflejar esta realidad, se produce una desconexión entre el discurso de igualdad que se proclama verbalmente y la práctica visual que se ejecuta.
Esta invisibilizaría, a mi juicio, tiene consecuencias prácticas que van más allá de lo simbólico. Los jóvenes que consideran incorporarse a las comparsas pueden percibir que esta es una fiesta de «segunda categoría» al no verse reflejada lo debido en la imagen oficial del municipio. Las familias que llevan generaciones participando en los desfiles sienten que su contribución al patrimonio festivo de la ciudad sigue siendo minusvalorada, y ello a pesar del sacrificio que supuso hace años para la Agrupación renunciar a la edición de un cartel paralelo monográfico sobre Moros y Cristianos, todo ello para limar asperezas y facilitar el entendimiento entre ambas tendencias festeras. Es incuestionable que los visitantes que acuden específicamente atraídos por la fiesta de Moros y Cristianos pueden tener la impresión de que están ante un evento marginal o complementario, cuando en realidad la fiesta moruna y la de los bautizados es el pilar fundamental de nuestro calendario festivo.
Además, y lo peor, es que, aunque no salga a flote, esta situación genera un agravio comparativo que no acerca como debiera el clima de convivencia entre ambas comunidades festivas. Mientras que, sin ambages, deberíamos estar celebrando juntos la riqueza de contar con dos tradiciones vivas y pujantes, nos encontramos debatiendo sobre quién tiene más derecho a protagonismo, a aparecer en un cartel. Es esta una discusión que la concejalía de Fiestas y los dirigentes de Calles y Agrupación nunca deberían permitir que exista en un municipio que se precia de celebrar Fiestas de Interés Turístico Internacional y valorar todo su patrimonio festivo por igual.
La dualidad festera almanseña no debería ser motivo de competencia, en ningún ámbito, sí causa de orgullo. Sin embargo, y sigo dando perico al torno, el diseño del cartel se convierte involuntariamente en un campo de batalla simbólico donde una tradición «gana» y otra «pierde» visibilidad.
La convivencia armoniosa de ambas fiestas requiere que las instituciones municipales y los órganos responsables de la imagen festiva adopten un criterio de equidad real, no solo declarativa. Es urgente que el cartel oficial de las Fiestas Mayores de Almansa cambie las reglas de juego (son más que obsoletas) y presione en el concurso a diseñadores y autores a estrujarse la mollera para encontrar fórmulas que otorguen protagonismo equivalente a ambas tradiciones, reconociendo de ese modo que no hay una jerarquía entre ellas.
La fiesta de Moros y Cristianos no es una imposición externa ni una moda pasajera en Almansa, y quien esto no vea, que pida cita urgente en Barraquer. Estamos ante una tradición arraigada en el Mediterráneo español, con profundas raíces históricas en la memoria colectiva de la Reconquista y la convivencia medieval entre culturas. Moros y Cristianos es una tradición que mayoritariamente ha sido adoptada y adaptada por nuestra ciudad, que, apuesta firmemente por nuestra capacidad de diálogo cultural, y ni de lejos supone una traición a nuestras raíces.
La tradición del cartel no es equivalente a las tradiciones festivas centenarias. El diseño gráfico puede y debe evolucionar para adaptarse a las realidades sociales. Lo que «siempre se ha hecho«, los “usos y las costumbres” no es necesariamente lo más justo o lo más adecuado para el presente.
Este argumento, además, ignora que las situaciones injustas perpetuadas en el tiempo no se vuelven justas por el mero hecho de su continuidad (ejemplo reciente tenemos en una conocida sociedad religiosa almanseña). Durante décadas se han mantenido prácticas discriminatorias en múltiples ámbitos sociales bajo el argumento de que «siempre se había hecho así«. La madurez de una sociedad se mide precisamente por su capacidad de reconocer y corregir desequilibrios heredados, no por su obstinación en mantenerlos.
Cada año se elige un nuevo diseño, un nuevo artista, una nueva propuesta visual. Si realmente valoráramos la continuidad inmutable, repetiríamos el mismo cartel año tras año. El hecho de que busquemos renovación visual anual demuestra que no consideramos la tradición del cartel como algo intocable, sino como algo vivo y sujeto a evolución. Entonces, ¿por qué no puede evolucionar también hacia una representación más equitativa?
Habrá quien me lleve la contraria y afirme que el jurado elige el mejor cartel, sin intenciones discriminatorias. Este argumento, aunque bienintencionado, no exime de responsabilidad. La discriminación no siempre es consciente o maliciosa; muchas veces responde a sesgos culturales interiorizados que ni siquiera percibimos. Si año tras año el «mejor cartel» resulta ser uno que prioriza la fiesta tradicional manchega, quizás el problema no esté en la maldad del jurado, sino en los criterios estéticos y culturales desde los que se evalúa.
Un jurado verdaderamente consciente de la diversidad festiva de nuestra ciudad debería valorar explícitamente la capacidad del cartel para representar ambas tradiciones. Si esto no se establece como criterio en las bases del concurso, estamos permitiendo que prejuicios inconscientes determinen sistemáticamente el resultado.
Como casi todo a día de hoy, el tema del Cartel de las Fiestas de Almansa, es una cuestión que trasciende lo meramente festivo para adentrarse en el ámbito de la responsabilidad política. El Ayuntamiento y las instituciones municipales tienen el deber de representar a todos los ciudadanos por igual, sin favoritismos ni exclusiones. Los cargos públicos y los directivos festeros deben ser conscientes de que cada decisión sobre el cartel envía un mensaje político y social. No pueden escudarse en la «neutralidad estética» o en la «libertad artística» del diseñador para eludir su responsabilidad. Si han detectado un patrón de desequilibrio en los últimos años y no han actuado para corregirlo, están siendo cómplices de una discriminación, aunque sea involuntaria y ello financiado con dinero público.
Un cartel equilibrado puede convertirse en un símbolo de unidad, un recordatorio visual de que nuestras diferencias nos enriquecen y de que hay espacio para todos en nuestra identidad colectiva. Por el contrario, un cartel desequilibrado se convierte en un recordatorio doloroso de exclusión, en una barrera simbólica que separa a quienes se sienten representados de quienes se sienten ignorados.
Debemos preguntarnos: ¿queremos que nuestras fiestas sean motivo de orgullo compartido o fuente de agravios y resentimientos? ¿Queremos que el cartel sea un emblema de unidad o un elemento divisorio? La respuesta debería ser obvia, pero requiere voluntad política para materializarse.
Es fundamental que esta crítica no se quede en la mera denuncia, sino que se vea acompañada, según mi punto de vista, de dos propuestas viables: Un diseño integrador con un jurado que comprenda la necesidad de crear carteles que fusionen o equilibren ambas iconografías, dando a cada una un espacio visual proporcional, y unos criterios claros en las bases del concurso: como en Almansa el cartel se elige mediante concurso, las bases caducas y desfasadas, deberían especificar explícitamente la necesidad de representar equilibradamente ambas fiestas.
Llegados a este punto, me gustaría dejar claro que esta crítica no debe de entenderse como puente de plata para facilitar el enfrentamiento entre colectivos ni menospreciar ninguna tradición, sino todo lo contrario: busca que ambas fiestas reciban el reconocimiento que merecen. El cartel de Fiestas debe ser una pasarela de unión, no motivo de división. Debe ser un símbolo de lo que nos une, no de lo que nos separa. Debe reflejar fielmente la realidad festiva de nuestra ciudad, donde dos tradiciones conviven y se complementan.
Es hora de que la concejalía de Fiestas escuche esta legítima reivindicación y adopte medidas concretas para garantizar que el cartel de Fiestas 2027 sea verdaderamente representativo de toda nuestra comunidad festiva. La solución a este problema no requiere grandes inversiones económicas ni cambios estructurales complejos. Requiere, simplemente, voluntad política, sensibilidad cultural y un compromiso genuino con la equidad. Requiere sencillamente una reestructuración, modernización y adaptación a estos tiempos de las obsoletas bases del concurso del Cartel de Fiestas de Almansa.
La Fiesta de Moros y Cristianos no pide privilegios ni trato preferente en el cartel. Solicita lo mismo que cualquier ciudadano tiene derecho a esperar de Ayuntamiento: respeto, reconocimiento y equidad. Seguir ignorando esta situación no solo perpetúa una injusticia, sino que envía un mensaje peligroso: que las instituciones pueden hacer oídos sordos a las reivindicaciones legítimas cuando les resulta incómodo atenderlas. Este no es el modelo de gestión pública que queremos ni el ejemplo que debemos dar a las futuras generaciones.
Ha llegado el momento de actuar. Ha llegado el momento de demostrar que el Ayuntamiento de Almansa, concretamente la concejalía de Fiestas es capaz de corregir errores, de evolucionar, de construir una ciudad más inclusiva y equitativa. Ha llegado el momento de que el cartel de nuestras Fiestas refleje, por fin, y de manera indubitable la totalidad de nuestra identidad festiva. Porque cuando todos nos sintamos representados, todos celebraremos con más orgullo. Y eso, al final, es lo que verdaderamente importa.
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