ALMANSA: ADOLESCENTES SIN TERRITORIO… NI OCIO

«…, tan evidente es que todos lo hemos normalizado. No entraré en comparar si lo que ocurre en esta localidad es o no semejante a lo que sobreviene en otras, que va a ser que sí. Quiero centrarme en un enigma que diariamente, pero más que nunca los fines de semana, nos explota ante nuestros ojos ya acostumbrados a ver más de lo que necesitamos, pasar de todo y dejar las cosas por imposibles; total ¿qué más nos da a los que ya tenemos una edad?, que se las busquen y soluciones los padres en edad de criar ¿verdad?. «…, no es que estos jóvenes sean problemáticos, es que la ciudad les empuja a los márgenes al negarles lugares centrales donde estar…»

Luis BONETE. Periodista Copyright-2026

Tan evidente es que todos lo hemos normalizado. No entraré en comparar si lo que ocurre en esta localidad es o no semejante a lo que sobreviene en otras, que va a ser que sí. Quiero centrarme en un enigma que diariamente, pero más que nunca los fines de semana, nos explota ante nuestros ojos ya acostumbrados a ver más de lo que necesitamos, pasar de todo y dejar las cosas por imposibles; total ¿qué más nos da a los que ya tenemos una edad?, que se las busquen y soluciones los padres en edad de criar ¿verdad?

En Almansa, ciudad contemporánea donde las haya, actualmente gobernada y en manos de un mal llamado gobierno progresista, se ha ido haciendo hueco a través de los años un ente maléfico que podríamos definir como vacío silencioso: la desaparición de aquellos lugares donde los jóvenes de 12 a 15 años podíamos vernos, juntarnos, pasar el rato…, simplemente estar. Hablo de los recreativos con futbolines y máquinas, las salas de billar, mesas de ping-pong, los cibercafés donde compartir una partida, las boleras accesibles, los locales de música donde tomar un refresco sin necesidad de consumir alcohol. Espacios que, sin ser infantiles ni adultos, permitían ese tránsito crucial entre la niñez y la juventud. No quiero dejar pasar la oportunidad de recordar algunos locales míticos como “Luna Park”, el Capitol (conocido cariñosamente como “el Motroco”), la Bolera Neleb, el sótano recreativo del edificio del Musical, los futbolines de calle San Francisco en manos de “el Barbero”…, todos ellos desaparecidos y que han dejado huérfanos de lugares de ocio a los adolescentes almanseños.

Si nos detenemos a pensar, la franja de edad aproximada de los chicos de 12 a 15 años, en Almansa, vive atrapada en una contradicción urbana: son demasiado mayores para los parques infantiles, pero demasiado jóvenes para los espacios de ocio pensados para adolescentes más mayores o adultos. El único espacio comercial de la ciudad no es suyo, solo son tolerados como consumidores, y aún eso, solamente los días y en las franjas horarias abierto al público. Las plazas y calles se han vuelto más vigiladas por los vecinos, cada día más hostiles a la simple presencia juvenil sin un propósito aparente.

La ausencia de referencias de espacios de ocio en Almansa para adolescentes no pasa inadvertida: tiene manifiestos efectos tangibles. Un gran número de jóvenes almanseños encuentran alivio a esa situación sobrevenida refugiándose en el ocio digital de sus domicilios, perfectamente protegidos por la intimidad que les proporciona la beatitud, la comodidad mal entendida de sus padres y sus bien dotadas habitaciones, y no necesariamente por elección, sino por ausencia de alternativas. De ese modo pierden, nuestros mancebos locales, oportunidades fundamentales: aprender a negociar con iguales sin supervisión adulta directa, desarrollar autonomía en espacios públicos, establecer vínculos cara a cara, o experimentar pequeños fracasos y victorias en entornos de bajo riesgo.

Otros, la mayoría, quedan relegados a «dar vueltas» sin rumbo tras sortear la demarcación de mayores de calle Corredera, por zonas urbanas aledañas al jardín de los Reyes Católicos o San Francisco, ocupando escaleras de edificios o esquinas, generando a veces recelo vecinal precisamente porque no tienen dónde estar. La ciudad les muestra su rostro más hostil y les niega el derecho a ocupar espacio de forma legítima.

Aquellos locales de antaño, con sus defectos, cumplían funciones que ahora se echan en falta, y ello a pesar de que el cien por cien de los adolescentes que gritan alborozados, que realizan sus primeros arrumacos amorosos, que comentan que si este o que si aquella, que suben y bajan fotos de las redes sociales…, no habían nacido aún en su vigencia.  Eran aquellos espacios lugares de socialización intergeneracional moderada, donde un adulto presente (generalmente el dueño del local) ofrecía cierta seguridad sin ejercer control parental. Eran asequibles económicamente. Permitían el desarrollo de habilidades sociales, la gestión autónoma del tiempo libre, el sentido de pertenencia a un grupo y a un lugar.

El que tenga entendimiento, decida si esta situación por la que atraviesan los adolescentes almanseños merece o no mayor implicación. A quien le piquen estas letras, si es que le pican a alguien, quizás debería de preguntarse: ¿qué tipo de ciudad estamos construyendo cuando no hay lugar para que un chico o chica de 13 años pase una tarde con sus amigos sin pantallas, sin consumo obligatorio, sin sentirse fuera de lugar? ¿Cómo pedimos luego que desarrollen autonomía, responsabilidad y vínculos comunitarios si les hemos despojado de los espacios donde tradicionalmente se aprendían estas cosas?

No, no se trata de nostalgia, respetado lector, sino de reconocer que esas edades necesitan territorios propios. No se ha hecho antes, cierto, esa es la realidad, pero si el gobierno ¿progresista? que ahora habita Casa Grande recuperara o reinventara esos espacios estaría invirtiendo en salud mental, cohesión social y en una adolescencia más integrada en el tejido urbano, en lugar de expulsada de él. ¿Son conscientes de ello?, o ¿están a otras cosas? Las familias almanseñas con recursos pagan gimnasios, academias, actividades extraescolares constantes que llenan el vacío. Los jóvenes de entornos más humildes, que los hay y bastantes, quedan excluidos de estas alternativas privatizadas.

La carencia en Almansa de lugares propios genera un efecto dominó que afecta múltiples dimensiones del desarrollo juvenil y la convivencia urbana: no exagero nada. Sin alternativas físicas, muchos jóvenes pasan de 6 a 10 horas diarias frente a pantallas, no como complemento a nada, sino como único espacio donde poder socializar. Esto incrementa riesgos de adicción a videojuegos, redes sociales y exposición prematura a contenidos inadecuados como la pornografía. La paradoja es cruel: están hiperconectados, pero profundamente solos, pasan el tiempo interactuando con avatares mientras pierden práctica y costumbre en leer lenguaje corporal, gestionar conflictos cara a cara o simplemente sostener una conversación presencial.

Puede parecer una memez, pero la ausencia de espacios de interacción real de ocio para adolescentes en Almansa, limita el desarrollo de competencias fundamentales: negociar turnos en un futbolín, aceptar una derrota en una partida, incluir a alguien nuevo en el grupo, resolver malentendidos sin bloquear a alguien. Estas micro experiencias cotidianas, aparentemente triviales, son el gimnasio emocional donde se forja la inteligencia social. Sin ellas, Almansa se aboca a instituir generaciones con mayor ansiedad social, dificultad para establecer límites y menor tolerancia a la frustración.

Cuando, por ejemplo, en Almansa los adolescentes no tienen dónde ir de forma segura y autónoma, los padres se saturan de ansiedad y dan rienda suelta, algunos, a la supervisión directa. Los jóvenes de 14 años que hace dos décadas se desplazaban solos por la ciudad, ahora dependen cien por cien del transporte parental para cualquier actividad. Esta infantilización prolongada retrasa la maduración, genera dependencia y priva a los adolescentes de experimentar la responsabilidad gradual que necesitan para convertirse en adultos funcionales.

La necesidad de identidad, aventura y autonomía no desaparece por falta de espacios legítimos; simplemente se canaliza hacia opciones menos saludables. Algunos grupos buscan emociones en botellones precoces, encuentros clandestinos sin protección, reyertas, vandalismo por puro aburrimiento, o experimentación prematura con sustancias tóxicas. No es que estos jóvenes sean problemáticos, es que la ciudad les empuja a los márgenes al negarles lugares centrales donde estar.

No hay más que darse un garbeo por el centro de Almansa. Cuando grupos de adolescentes ocupan portales, plazas o bancos simplemente porque no tienen otro sitio, generan tensión con vecinos que los perciben como amenaza o molestia. Esta criminalización de la simple presencia juvenil daña la cohesión comunitaria y hace que los jóvenes interioricen que «estorban«, afectando su autoestima y sentido de pertenencia a la ciudad que habitan.

Gestionar dinero de bolsillo en un recreativo, negociar con el dueño del local, resolver problemas sin intermediación adulta inmediata, aprender consecuencias naturales de decisiones propias… todo esto preparaba para la autonomía adulta. Sin estos «entrenamientos» de bajo riesgo, muchos jóvenes almanseños, llegan a la universidad o al primer empleo con habilidades vitales subdesarrolladas. Las herramientas al servicio de la administración local para hacer frente a este rompecabezas están ahí, aunque requieren voluntad política. Apunto algunas:

  • Crear o rehabilitar locales municipales de ocio juvenil con horarios amplios (no solo talleres de 17 a 19h dos días a la semana)
  • Espacios multifuncionales: salas con mesas de ping-pong, futbolines, consolas compartidas, zonas para música, wifi gratuito.
  • Skate parks, pistas deportivas de libre acceso, pabellones abiertos fuera de horario escolar.
  • Una ludoteca o centro juvenil cien por cien GRATUITO que no requiera inscripción previa ni esté sobrecargado de actividades dirigidas.
  • Bonificaciones fiscales (reducción de IBI, tasas de licencias) para negocios que ofrezcan ocio asequible para esta edad.
  • Subvenciones a pequeños emprendedores que quieran abrir recreativos, cibercafés moderados, salas de juegos de mesa.
  • Ayudas para la reconversión de locales vacíos en espacios de ocio juvenil sostenibles.
  • Diseñar plazas y parques pensando en adolescentes, no solo en niños pequeños o adultos.
  • Zonas con bancos, sombra, sin prohibiciones excesivas, donde puedan reunirse sin generar conflicto.
  • Consultar a los propios jóvenes sobre qué necesitan y dónde (presupuestos participativos juveniles reales).
  • Permitir usos temporales de solares o bajos comerciales vacíos para proyectos de ocio juvenil.
  • Horarios razonables.
  • Educadores de calle que conecten con grupos informales, no solo con los que acuden a centros.

Desde mi punto de vista la inacción de la administración local ante este dilema no es casual. Responde a múltiples factores:

Invisibilidad política de este grupo: Los jóvenes de 12-15 años no votan, sus padres andan ocupados trabajando para poder pagar sus hipotecas, y no tienen lobbies que presionen. Políticamente, los adolescentes almanseños son «invisibles». Es más rentable invertir en parques infantiles (los padres votan y se movilizan) o en centros de día para mayores (colectivo muy activo electoralmente) que en adolescentes que además tienen mala imagen pública.

Prejuicio generacional: Existe una narrativa social que hoy en día culpabiliza a los jóvenes: «están todo el día con el móvil por vicio«, «no quieren salir«, «no les interesa nada«. Esta visión permite a los adultos eludir responsabilidad. Si el problema es «su actitud», la administración queda exculpada de no ofrecer alternativas.

Miedo al conflicto vecinal: Cualquier espacio juvenil donde se reúnan los adolescentes genera quejas: ruido, suciedad, «mala imagen». Los políticos locales temen las protestas vecinales más que la ausencia de servicios para quienes no protestan. Es más fácil no hacer nada que enfrentar a un grupo de vecinos quejándose en un pleno municipal.

Lógica neoliberal del ocio: La clase política almanseña, antes de derechas, ahora social-comunista, ha normalizado que el ocio sea responsabilidad individual/familiar, no colectiva. «Que se apunten a una academia«, «que sus padres les busquen actividades«. Esta privatización del tiempo libre libera a la administración de invertir en el ocio de los adolescentes, pero excluye a quienes no pueden permitirse pagar.

Falta de diagnóstico y datos: Que se conozca el Ayuntamiento de Almansa simplemente no han cuantificado el problema. No preguntan a los jóvenes, no miden el aumento de consumo digital por falta de alternativas, no relacionan el incremento de consultas de salud mental juvenil con la ausencia de espacios. Sin diagnóstico, no hay sensación de urgencia.

Fragmentación administrativa: El problema en Almansa cae entre departamentos: no hay ni pizca de claridad: ¿es competencia de Juventud? ¿de Deportes? ¿de Urbanismo? ¿de Servicios Sociales? Esta dispersión diluye responsabilidades y ningún área asume el liderazgo necesario para soluciones integrales.

Visión cortoplacista: Crear infraestructura de ocio juvenil requiere inversión inicial sin retorno electoral inmediato. Los beneficios (menos conflictividad, mejor salud mental, mayor cohesión social) se ven a medio-largo plazo, más allá del ciclo electoral de cuatro años. Políticamente, no «compensa».

El estigma de lo juvenil: Cualquier concentración de adolescentes se percibe como problema potencial. En el equipo de Gobierno hay mucho miedo a que espacios municipales se «descontrolen», a las críticas si ocurre cualquier incidente, a la responsabilidad legal. Es más seguro no ofrecer nada que arriesgarse a ser culpados si algo sale mal.

CONCLUSIÓN

La flagrante inacción municipal en el tema del ocio de los adolescentes almanseños no es gratis, ni lo será, tiene un precio que está a la vista pero que pocos ven y quien si lo percibe se hace el loco: se paga en forma de crisis de salud mental juvenil que colapsa servicios sanitarios, en forma de conflictividad urbana que requiere más Policía Local, en forma de desafección cívica de una generación que crece sintiendo que la ciudad no es para ellos.

Lo paradójico es que, si nuestra alcaldesa Pila que ahora tiene la manija del poder invirtiera en ocio juvenil, sería más barato que gestionar las consecuencias de su ausencia. Pero requeriría algo que escasea en la política local: visión a largo plazo, valentía para enfrentar quejas vecinales, y reconocer que los adolescentes son ciudadanos con derechos de primera categoría, no problemas a gestionar.

Mientras la administración local siga esperando que el problema se resuelva solo, o que las familias lo solucionen individualmente, la brecha entre ciudad, adolescentes y juventud seguirá creciendo. Y con ella, todos los problemas derivados que luego lamentaremos sin entender que fueron, en parte, construidos por nuestra propia negligencia colectiva.

 

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