OCHO DE MARZO EN ALMANSA: DISPUTAS DE CAMPANARIO

«…, hay fechas muy señaladas que pertenecen a la historia. Que fueron conquistadas con sacrificio, con sangre, con años de humillación y resistencia. El ocho de marzo es una de ellas. Y en Almansa, como en tantos otros rincones de este país, esa fecha ha sido robada. No por enemigos del feminismo declarados, sino por algo más peligroso: por quienes dicen defenderlo mientras lo vacían de contenido para llenarlo de banderas propias…»

Luis BONETE Periodista Copyright-2026

Hay fechas muy señaladas que pertenecen a la historia. Que fueron conquistadas con sacrificio, con sangre, con años de humillación y resistencia. El ocho de marzo es una de ellas. Y en Almansa, como en tantos otros rincones de este país, esa fecha ha sido robada. No por enemigos del feminismo declarados, sino por algo más peligroso: por quienes dicen defenderlo mientras lo vacían de contenido para llenarlo de banderas propias.

El Día Internacional de la Mujer debería ser, por definición, un espacio de reivindicación universal. Una jornada en la que la lucha por la igualdad trascendiera siglas, ideologías y trincheras partidistas. Sin embargo, lo que ocurre en Almansa cada ocho de marzo contradice de raíz ese espíritu: dos actos paralelos, dos padrones de mujeres homenajeadas, dos verdades sobre qué significa ser mujer digna de reconocimiento público. Insisto, dos inventarios femeninos: uno de izquierdas. Otro de derechas.

Lo que sucede en Almansa en jornada tan relevante merece ser llamado por su nombre. No son homenajes, son fraudes, y ello a pesar de que se monte toda una parafernalia para vestir a la mona de seda, porque es bien sabido que por mucho envoltorio de satén o tisú, seguirá siendo una mona.

Dos directorios, una sola vergüenza

El conjunto de grupos políticos de la izquierda local, a los que se suman alborozados los sindicatos con sus propias propuestas, presentan sus candidatas.  De forma recíproca y por aquello de que yo también apoyo la causa, la derecha almanseña preludia las suyas. Poco o nada importa si unos u otros presentan más equipo que el otro, lo importante para los 21 que habitan en Casa Grande es no perder rueda, hacer lo posible por estar en el lado correcto del discurso político de esa jornada. Tratar con todas sus fuerzas de no se les vea el culo, de no moverse, porque el que lo hace, no sale en el retrato. Y mientras tanto, la ciudadanía de Almansa contempla el espectáculo con una mezcla de apatía y resignación que debería, en cambio, convertirse en indignación.

Porque lo que desde hace ya bastantes años viene sucediendo delante de nuestras narices, a mi juicio, es obsceno en su simpleza: los partidos políticos locales y la representación sindical han convertido a las mujeres en cromos de colección ideológica. Las seleccionan, las ordenan, las exhiben en un teatro y … hasta el año que viene si Dios quiere. No importa quiénes son realmente. Interesa que sean las nuestras. Que lleven nuestra etiqueta. Que su reconocimiento nos haga quedar bien ante el electorado.

Lo afirmo meridianamente claro. Las mujeres de Almansa no son y jamás deberían de ser manejadas como activo electoral. Y quien las trata como tal, y estamos hasta el moño de ver que eso sucede, las está insultando, aunque lo haga con flores, aplausos y en un marco incomparable.

La izquierda

Seamos claros con la izquierda local y los sindicatos, porque llevan demasiado tiempo cómodos en el papel de dueños absolutos del ocho de marzo. Es evidente que han construido un relato en el que solo caben ciertas mujeres, con cierto perfil, con ciertas ideas. Las demás, para el zurderío, sencillamente, no existen. O peor aún, son consideradas cómplices del patriarcado por el mero hecho de no compartir su marco ideológico.

Eso no es feminismo. Es sectarismo con perspectiva de género.

Honrar únicamente a mujeres afines en el Día Internacional de la Mujer no es un acto de justicia. Es un acto de propaganda. Y degradar una jornada de reivindicación universal a un acto teatral con mitin callejero encubierto, no solo es intelectualmente deshonesto, es una traición a todas las mujeres que durante generaciones lucharon precisamente contra quienes decidían qué voces merecían ser escuchadas y cuáles debían callar.

La derecha

Pero si la actitud de la izquierda es sectaria, la parcela de la derecha en Almansa roza directamente el cinismo institucionalizado. Presentarse el ocho de marzo con un elenco propio de mujeres con perfil conservador y homenajearlas, da la impresión que les basta para saldar cualquier hipotética deuda con la igualdad, es una maniobra tan transparente que sorprende que alguien pueda ejecutarla con la cara seria.

No se puede cuestionar sistemáticamente políticas de igualdad, votar en contra de medidas concretas de protección a las mujeres o mirar hacia otro lado ante la brecha salarial, y luego aparecer el ocho de marzo con un cartel bien diseñado como si todo quedara compensado. Eso no es reconocer a las mujeres. Es utilizarlas como escudo.

El homenaje de la derecha a las mujeres huele, ante todo, a coartada. A necesidad de no quedarse fuera del marco de un cuadro que políticamente ya no pueden permitirse ignorar. No es convicción. Es cálculo a calzón quitado.

El daño real que esto causa

Más allá de la indignación legítima, hay un daño concreto y medible que esta dinámica provoca en Almansa y en cualquier ciudad donde se repita.

1) Divide a las mujeres. Les dice, implícitamente, que su valor como ciudadanas depende de su currículum, de su credo o carné político. Que si no encajan en el molde ideológico correcto, su trayectoria, su esfuerzo y su vida no merecen reconocimiento público. Eso es una humillación, aunque venga envuelta en buenas intenciones.

2) Agota y desmoviliza. Una vez que la ciudadanía percibe que el ocho de marzo se ha convertido en otro escenario de confrontación partidista, deja de participar. Deja de importarle. Y ese desenganche es exactamente lo que los movimientos de igualdad real no pueden permitirse.

3) Lo anterior queda en mantillas si al reflexionar concluimos que esos comportamientos normalizan que las causas colectivas sean apropiadas por intereses particulares. Si el ocho de marzo puede ser secuestrado, cualquier reivindicación puede serlo. Se instala la idea de que no hay espacio común, que todo es trinchera, que la solidaridad entre mujeres es imposible si no va acompañada de homogeneidad ideológica. Ese mensaje, lector, es demoledor.

Mirarse en el espejo

Almansa no es una excepción. Es un síntoma. Pero precisamente por eso, tiene la oportunidad de ser también un ejemplo de lo contrario.

Los ciudadanos de Almansa deberían exigir, con toda la contundencia que merezca la situación, que el ocho de marzo deje de ser terreno de nadie y pase a ser terreno de todos. Que los partidos políticos, si de verdad respetan esta fecha, sean capaces de hacer algo tan básico como sencillo y tan sincero como aparentemente imposible: sentarse juntos y acordar un homenaje común.

No a mujeres apadrinadas por izquierdas y derechas. Sí rotundo y contundente a mujeres de Almansa. A las que cosieron, a las que enseñaron, a las que cuidaron a los enfermos sin que nadie las mirara, a las que denunciaron cuando hacerlo les costaba el doble que a cualquier hombre, a las que construyeron esta ciudad en silencio mientras otros ponían su nombre en las placas.

Si la clase política no es capaz siquiera de encontrar un vértice común el ocho de marzo, lo mejor que podrían hacer es quedarse quietos, en sus casas y/o sedes. Porque su presencia pública en esas condiciones, no suma. Resta.

Mientras los 21 de Casa Grande y sindicatos se miran de reojo y compiten por ver quién tiene el mejor elenco feminista, las mujeres de Almansa, rendidas a la evidencia, siguen año tras año esperando algo más que un cartel con su nombre.

El feminismo no necesita padrinos políticos. Necesita que quienes tienen poder dejen de pisarlo con sus disputas de campanario.

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