MELIBEA SUEÑA CON LAS ESTRELLAS Y ALMANSA SE RINDE A UNA CELESTINA DE OTRO MUNDO

Por Luis BONETE. Periodista. Copyright-2026

Crónica de un estreno irrepetible en la Plaza de Santa María

Hay noches en el teatro —y esta, aunque fuera al raso, bajo el cielo de Almansa, lo fue con mayúsculas— en las que uno tiene la certeza de estar asistiendo a algo que no volverá a repetirse jamás. Ayer fue una de ellas. José Tomás, de conocido oficio artesano cristalero fetén, y por convicción y amor, director teatral, un dandy almanseño dueño de una mirada inquieta y oficio depurado, tomó el texto que Fernando de Rojas legó a finales del siglo XV y lo lanzó, literalmente, al espacio exterior mecido por su imaginación desbordada. ¿Resultado? una de las propuestas escénicas más audaces, coherentes y emocionantes que se recuerdan en esta ciudad desde que tengo memoria.

Un decorado que ya era obra de arte antes de que se alzara el primer verso

La elección del espacio por Tomás no fue casualidad ni mucho menos comodidad: fue dramaturgia pura. Fue, o por lo menos así lo intuí, otra muesca en su revólver de fantasía. Recuerden quienes tengan retentiva o sigan su trayectoria, entre otros, el paraje de Botas, Santa Rosa, el Santuario de Belén, la nave de transportes Vícar, el claustro de Franciscanos… faltaba para un histórico repóquer, la plaza de Santa María, con la fachada de Santa María de la Asunción como telón de fondo natural, la Casa Grande con fachada manierista del Ayuntamiento sosteniendo el peso simbólico del poder y la ley, la fuente de los Patos que de la emoción, ni agua arrojaban y de colofón la torre de la Asunción,  erguida como testigo centenario. Todos estos elementos conformaron un escenario que ningún teatro clásico a la italiana podría igualar. Los pedruscos históricos de Almansa —esas piedras que han visto pasar siglos de vida cotidiana— se convirtieron en la noche del domingo día 5 de julio en las tablas de un teatro cósmico cuasi universal, donde lo antiguo y lo futurista dialogaron sin una sola fisura.

El ingenio de los cómicos ambulantes como puerta a lo fantástico

Desde mi punto de vista, José Tomás resolvió con enorme inteligencia el mayor riesgo de cualquier relectura radical de un clásico: la coherencia interna. Con la experiencia que atesora, hábilmente, decidió apoyarse en una ficticia compañía de cómicos ambulantes que deciden representar La Celestina a su manera. Con esos modales, el director se concede —y nos concede a los espectadores— licencia poética absoluta para todo lo que vendrá después. ¡Atenta la compañía! no es ya Rojas quien nos habla desde el siglo XV; son unos cómicos trashumantes, herederos de esa tradición itinerante que llevó el teatro por plazas y caminos, quienes deciden reinventar la historia de Calisto y Melibea con los medios de su imaginación desbordada. Ese marco narrativo, ese recurso innato de Tomás, sencillo y brillante, permite que el espectador acepte sin resistencia el salto: de la Celestina alcahueta y hechicera se pasa a una suerte de arpía científica de laboratorio orbital, con su cubículo convertido en sede científica, sin que el argumento pierda ni un ápice de su esencia original, porque la Celestina de Tomás, fiel a la esencia de Rojas, se presenta como una pura víbora, nigromante, una pérfida mala mujer.

Vestuario y escenografía: la distopía como fidelidad, no como traición

Podría pensarse que vestir a los personajes de Rojas con trajes insospechados más cercanos a Star Wars que a cualquier otra cosa es una traición al texto. Pero, con Tomás todo puede suceder, y en su Celestina ocurre justo lo contrario (recuerden quienes vieron el auto sacramental de Calderón de la Barca “El Gran Teatro del Mundo”, en el Santuario de Belén) el vestuario, deliberadamente alejado de cualquier referencia a la España de los Reyes Católicos, funciona como un espejo deformante que, paradójicamente, agranda lo esencial de la obra: el deseo, la codicia, la manipulación, la muerte que todo lo iguala. El chamizo de la Celestina, transformada en un laboratorio de nave espacial repleto de artilugios, filtros de luz y aparatos que bien podrían destilar pócimas de otro planeta, es una de las imágenes más logradas de la noche: la hechicera medieval convertida en alquimista del cosmos, fiel a su función dramática, aunque cambien los ropajes.

Luz, música y voz en directo: una experiencia total

El diseño de iluminación mereció por sí solo el aplauso del público. Los haces (nunca antes vistos) que recortaban y dibujaron hasta la saciedad la fachada de la Asunción, los cambios cromáticos que acompañaban los virajes emocionales del relato y los contraluces que convertían a los actores en siluetas casi espectrales sobre la piedra centenaria construyeron una atmósfera envolvente, casi cinematográfica. A ello se sumó una banda sonora y una voz en directo que no acompañaban la acción: la sostenían, la elevaban, la convertían en rito colectivo. Pocas veces se ve una integración tan precisa entre sonido, luz y arquitectura.

Más de cincuenta almanseños convertidos en artistas

Y si algo debe subrayarse con nombre propio es el trabajo de la comunidad. No menos de cincuenta, o más, figurantes y actores aficionados —vecinos de Almansa que ayer se transformaron en cómicos, criados, sirvientes y personajes de otro mundo— sostuvieron con solvencia y entrega un montaje de gran exigencia técnica y escénica. Su nivel, lejos de la impostación que a veces lastra el teatro amateur, estuvo a la altura de cualquier producción profesional. Se les vio disfrutar, y ese disfrute se contagió a las gradas.

El arte del artesano fallero: la belleza de lo efímero

Pero si hay una idea que debe quedar grabada tras esta crónica amateur, es la que sostiene, en el fondo, todo el proyecto de José Tomás: esta obra no se volverá a representar. No pisará jamás las tablas de un teatro convencional, no tendrá una segunda función ni una gira. Como el artesano fallero que dedica meses de oficio, minuciosidad y pasión a levantar una gran falla o un ninot magnífico, sabiendo desde el primer trazo que las llamas lo devorarán en una sola noche, José Tomás ha construido una Celestina irrepetible, concebida para arder —metafóricamente— en el mismo instante en que cae el telón invisible sobre la plaza de Santa María.

Esa es, quizás, la mayor valentía del proyecto: renunciar a la perdurabilidad para ganar en intensidad. Las cuatro representaciones vividas por más de 1.500 espectadores, más los de los balcones adyacentes, no quedará en cartelera ni en repertorio; quedará en la memoria de quienes estuvimos allí, como queda en la memoria de un almanseño la imagen de una falla espectacular la noche antes de su quema. Y quizá sea precisamente esa fugacidad la que convierte lo vivido en algo aún más valioso.

Almansa puede sentirse orgullosa. Entre las piedras almanseñas de su historia, José Tomás demostró que el teatro más audaz no necesita escenario convencional ni permanencia: necesita valentía, comunidad y la certeza hermosa de que lo mejor, a veces, solo puede vivirse una vez.

 

 

 

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