«…, a juzgar por la foto final con la copa en Nueva Jersey, calificar de «decepcionante» la aportación deportiva a la selección española del Mundial de 2026 por parte de Lamine Yamal, un chaval de 19 años que acaba de proclamarse campeón del mundo tras vencer a Argentina (1-0) puede sonar injusta a primera vista. Sin embargo, cuando las expectativas mediáticas y la repetición de su nombre por parte de tirios y troyanos se han realizado día sí y otro también hasta la náusea, obviando por completo a sus compañeros y situándolo en la estratosfera del Balón de Oro y hasta el tato exigía genialidad en cada balón que tocase, el análisis de su presencia en el combinado español debe ser exigente…»
Luis BONETE Periodista. Copyright-2026
A juzgar por la foto final con la copa en Nueva Jersey, calificar de «decepcionante» la aportación deportiva a la selección española del Mundial de 2026 por parte de Lamine Yamal, un chaval de 19 años que acaba de proclamarse campeón del mundo tras vencer a Argentina (1-0) puede sonar injusta a primera vista. Sin embargo, cuando las expectativas mediáticas y la repetición de su nombre por parte de tirios y troyanos se han realizado día sí y otro también hasta la náusea, obviando por completo a sus compañeros y situándolo en la estratosfera del Balón de Oro y hasta el tato exigía genialidad en cada balón que tocase, el análisis de su presencia en el combinado español debe ser exigente.
Eliminatoria tras eliminatoria, partido tras partido, el supuesto brillo de Lamine no bastó para deslumbrar. Parece más que claro que Lamine Yamal ha pagado y bien el peaje de su evidente inmadurez.
Es cierto. España ha bordado su segunda estrella en el pecho, sí, pero en el análisis individual del torneo más importante del planeta, el fútbol no vive solo de medallas. Si a Lamine Yamal se le juzga con la vara de medir de los fuera de serie —esa que él mismo eligió en la Eurocopa de 2024—, su paso por el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá deja un sabor agridulce, un futuro por escribir y un puñado de certezas incómodas.
Con un solo gol anotado en todo el campeonato (frente a Arabia Saudí en la fase de grupos) y cero asistencias directas en los cruces decisivos, los datos fríos del extremo barcelonista reflejan una situación que genera dudas en cuanto a si, no a su calidad, que la tiene, sino a lograr alcanzar el nivel planetario futbolero que se le supone. En las eliminatorias a vida o muerte —ante Portugal en octavos, Bélgica en cuartos, Francia en semifinales y Argentina en la gran final—, Lamine acusó una alarmante falta de acierto en el último tercio del campo; se le notaba agarrotado, falto de ideas, creo que la presión le venció y lo condujo a la inoperancia. Amagaba, sí…, pero no daba. Las grandes citas exigen que las estrellas (presuntas y consolidadas) determinen partidos colosales con momentos de luz propia; en este Mundial, ese rol definitivo recayó con más frecuencia en hombres como Dani Olmo o Ferran Torres.
Los seleccionadores rivales ya no le leen la cartilla: se la saben de memoria. Se vio ante la rocosa defensa de Cabo Verde, la dureza física de Uruguay y el marcaje al hombre en la final. Lamine se atascó sistemáticamente cuando le cerraron la salida hacia dentro con pierna cambiada. En su haber, señalar que lideró la estadística del torneo en regates intentados y completados, pero hay que resaltar que una cantidad considerable de esos desbordes se produjeron lejos del área de castigo, derivando en posesiones estériles o centros desviados por la maraña defensiva rival.
Llegar a un Mundial con 19 años habiendo disputado más de 60 partidos al máximo nivel en la temporada se paga. La chispa eléctrica y el cambio de ritmo devastador que han vuelto locos a muchos laterales se vieron excesivamente atenuados por la lentitud en la toma de decisiones. En varias fases del torneo se apreció a un Lamine más terrenal, obligado a jugar hacia atrás y falto de esa suficiencia física para marcar diferencias en el minuto 80.
Conclusión: Lamine Yamal se marcha de Norteamérica siendo campeón del mundo a los 19 años, un hito monumental que nadie le podrá arrebatar. Pero el fútbol de élite no perdona la complacencia: este torneo ha demostrado que el talento puro ya no basta si no va acompañado de contundencia en las grandes noches. Para pasar de ser una estrella precoz a dominar una era, Lamine deberá aprender a descifrar los partidos donde los rivales no le dejan ni respirar.
Habrá que seguir esperando.
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