«…, no se habla de otra cosa. Ceuta lleva días respirando miedo. Miedo en las calles vacías, miedo en los comercios cerrados, miedo de los gritos que se escuchan en la noche, miedo del alboroto callejero, miedo en los hospitales que atienden heridos, miedo en las patrullas vecinales que se arman con bates porque el Estado no llega. Miedo por la morgue con un centenar de fallecidos. Miedo, sobre todo, a sentirse solos. Y en medio de ese miedo, el Rey Felipe VI —jefe del Estado, símbolo de unidad, capitán general de los ejércitos— no aparece. No cruza el estrecho. No ha pisado la ciudad…» «… a modo de prólogo de este escrito, vaya por delante que no soy monárquico. A pesar de ello, visto lo visto desde la instauración y sopesando la realidad y la fauna política imperante en la piel de toro, me inclino, aunque sin convicción alguna, por lo malo conocido antes que lo bueno por conocer. Todo ello señalado sea con el máximo respeto….»
Luis BONETE Periodista. Copyright-2026
A modo de prólogo de este escrito, vaya por delante que no soy monárquico. A pesar de ello, visto lo visto desde la instauración y sopesando la realidad y la fauna política imperante en la piel de toro, me inclino, aunque sin convicción alguna, por lo malo conocido antes que lo bueno por conocer. Todo ello señalado sea con el máximo respeto.
No se habla de otra cosa. Ceuta lleva días respirando miedo. Miedo en las calles vacías, miedo en los comercios cerrados, miedo de los gritos que se escuchan en la noche, miedo del alboroto callejero, miedo en los hospitales que atienden heridos, miedo en las patrullas vecinales que se arman con bates porque el Estado no llega. Miedo por la morgue con un centenar de fallecidos. Miedo, sobre todo, a sentirse solos.
Y en medio de ese miedo, el Rey Felipe VI —jefe del Estado, símbolo de unidad, capitán general de los ejércitos— no aparece. No cruza el estrecho. No ha pisado la ciudad, ni con el PP ni con el PSOE en el poder. Tampoco mira a los ojos a quienes preguntan desesperados: ¿Dónde está el Rey? Cuando una ciudad española vive una crisis que desborda lo humanitario y lo político, la figura del jefe del Estado debería ser un faro. Y, sin embargo, el faro borbónico no se ha encendido.
Zarzuela filtró que el Rey siguió los acontecimientos “con indignación” y “gran preocupación”. Lo de siempre ante cualquier problema o catástrofe. Pero la indignación sin presencia real es pura retórica. La preocupación sin gesto es solo protocolo. Y el protocolo, cuando una ciudad española vive una invasión de 60.000 personas orquestada por un régimen extranjero, se convierte en un velo demasiado fino para tapar la ausencia.
Felipe VI ha llamado por teléfono. Ha transmitido ánimo. Ha pedido unidad. Pero Ceuta no necesita llamadas: necesita Estado. Y el Estado, en su forma más simbólica, ha decidido no estar. ¿No le dejan estar? o ¿no quiere estar?
La institución que encabezada por Felipe VI y que trata por todos los medios de encarnar la continuidad histórica de España, parece hoy prisionera de su propio temor. Temor a repetir el 3-O de Cataluña. Temor a que una visita se interprete como un desafío al Gobierno. Temor a que Marruecos lea el gesto como una provocación. Temor, en definitiva, a ser algo más que un espectador.
Pero cuando el miedo guía a una institución, esa institución deja de ser guía.
La Corona se protege a sí misma, pero en ese acto deja desprotegidos a quienes más necesitan sentir que España —toda España— está con ellos. La verdad es dura: Felipe VI no viaja a Ceuta porque su presencia sería un acto político, y la Corona ya no sabe cómo actuar sin temer convertirse en política.
En este caso concreto, dejarse ver en Ceuta evidenciaría un acto de soberanía. Sería un gesto de consuelo. Sería un guiño de autoridad. Sería, en definitiva, un ademán de Estado. Y parece que, hoy, la Corona prefiere no ser Estado. Se manifiesta que lo sucedido es una “crisis migratoria”; mentira y trola de las gordas, a otro perro con ese hueso. Lo sucedido en Ceuta fue una invasión en toda regla del territorio español que pilló a los servicios secretos españoles tomando un vaso de horchata y que coincidió con la celebración de la Fiesta del Trono en Marruecos, solemnizando los 27 años en la poltrona de Mohamed VI. Con el visto bueno de Rey “comendador de los creyentes marroquíes” los servicios de inteligencia marroquíes alentaron la avalancha invasora. La policía y la gendarmería marroquí colaboraron. El Gobierno español lo sabe. Ceuta lo sabe. El Rey lo sabe. Y Pedro Sánchez nos toma por gilipollas y dice que todo sucedió auspiciado por las mafias, olvidando que los cabecillas de la mafia están en Soto del Real calentando las celdas que “otros” van a ocupar más pronto que tarde. Y, aun así, no hay un gesto. No hay presencia. No hay palabra pública, tan solo un filtrado de conducta aséptica que ya no impresiona ni convence a nadie.
Porque cualquier movimiento que hiciese Felipe VI irritaría a Rabat. Y la Corona, en este momento concreto, junto con el presidente Sánchez, parece más preocupada por no molestar a Marruecos que por acompañar a los ceutíes. Más de lo mismo.
Alguien podrá decir que la situación no es la más adecuada para una visita real, que es peligrosa. Que hay violencia. Que hay caos. Que un despliegue de seguridad sería más que complejo. Pero si el Rey no puede visitar una ciudad española en crisis, ¿qué mensaje se envía? ¿Que el jefe del Estado solo aparece cuando el país está en calma? ¿Que la Corona solo existe para los actos veraniegos en Marivent y las recepciones estivales? En este contexto, lo tengo muy claro: la seguridad del monarca no puede ser más importante que la seguridad de los ciudadanos que lo esperan.
Felipe VI no ha ido a Ceuta. Ni se le espera. No ha hablado públicamente. Lo hemos visto con cara circunspecta, si me apuran de mala leche, ceño fruncido, con el bigote blanco apuntando al suelo, pero eso tampoco convence debido a que ese visaje es ya de sobra conocido; lo usa de manera habitual. Es el procedimiento que maneja, para digerir los sapos y culebras que se come en aras de la tan manida y constitucional neutralidad. Felipe VI no ha encabezado al Estado en Ceuta. Aseguró haber seguido los sucesos “con indignación”, más no ha ofrecido el gesto que la ciudad necesitaba para no sentirse huérfana. Tampoco le han dejado. Ya se sabe que los floreros no poseen voluntad propia, sino que los manejan y usan quienes mandan en la casa que decoran.
El Gobierno Frankenstein presidido por Pedro Sánchez no quiere al Rey en Ceuta. No desea una imagen que contraste con su propia y nefasta gestión. Su peor pesadilla sería comprobar que Felipe VI se convirtiera en símbolo de protección cuando la ciudadanía siente que el ejecutivo ha llegado tarde, mal y sin convicción. La Corona, que constitucionalmente debe ser neutral, acaba siendo neutralizada.
Y esa ausencia, en un momento así, no es neutral. Es un mensaje. Un recado de distancia. Un encargo de miedo. Un anuncio de dependencia política y diplomática. Una comunicación que, sin quererlo, erosiona la autoridad simbólica de la Corona.
Porque cuando un Rey no aparece en el lugar donde su pueblo sufre, su silencio deja de ser prudencia para convertirse en sombra. Y las sombras, cuando se alargan demasiado, acaban cuestionando la luz que debería proteger a sus súbditos. No podemos olvidar que un Rey que solo aparece cuando el viento sopla a favor, deja de ser Rey para convertirse en un decorado.

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