«…, hay escenas que dicen mucho más de quien las protagoniza que todos los discursos pronunciados desde un atril. Llevo más de treinta años contando lo que pasa en Almansa. Treinta largos años de crónicas ininterrumpidas y, cuando la coyuntura lo exige, de crítica sin anestesia al poder municipal, sea del color que sea. Nunca me ha temblado el pulso para señalar, sin pontificar, lo que considero mal hecho. Tampoco me tiembla ahora…»
Hay escenas que dicen mucho más de quien las protagoniza que todos los discursos pronunciados desde un atril. Llevo más de treinta años contando lo que pasa en Almansa. Treinta largos años de crónicas ininterrumpidas y, cuando la coyuntura lo exige, de crítica sin anestesia al poder municipal, sea del color que sea. Nunca me ha temblado el pulso para señalar, sin pontificar, lo que considero mal hecho. Tampoco me tiembla ahora.
Luis BONETE PIQUERAS Periodista. Copyright-2026
Anteayer, en un chat de Facebook, alguien preguntó si el PSOE acudiría a la concentración de apoyo a Ceuta del día 2 de septiembre. La mayoría respondió que no, aludiendo a la afinidad de los hijos almanseños de Pablo Iglesias con Pedro Sánchez. Yo, con la ironía que me caracteriza, opiné lo contrario: que el zurderío almanseño al completo estaría deseando asistir, y que Pilar Callado incluso estrenaría vestuario para la ocasión y se colocaría en el centro de la pancarta. Un comentario inocuo a todas luces, pero cargado de candonga, chanza y befa. Uno más, sobre una costumbre —la de estrenar ropa en cada acto público— que los almanseños comentan con guasa desde que Callado llegó a la alcaldía. No lo descubrí yo. Lo dice más de medio pueblo. Y ella lo sabe.
Ayer viernes, día 28 de septiembre, en la inauguración de la Feria, con mi mujer y su hija a mi lado, la alcaldesa decidió romper el protocolo. Aminoró el paso, se giró hacia mí y, levantando la voz lo justo para dejarse bien oír, delante de autoridades locales y provinciales y de cuanto vecino pasaba por allí, me espetó que sentía vergüenza por mis comentarios machistas en las redes, aludiendo a la broma sobre su vestido.
Pilar Callado no me buscó antes tras leer mi comentario. No me llamó. No me escribió. No solicitó hablar conmigo. No aprovechó ninguno de los innumerables momentos en los que me podría haber expresado personalmente su pesadumbre (minutos antes habíamos estado compartiendo espacio físico y fotos a dos metros de distancia en la puerta del Ayuntamiento) Mi comentario apuntaba con decisión a una ironía política. Un comentario sarcástico. Una opinión. Eso fue todo.
La referencia a su vestuario no nació de ninguna consideración sexista, jamás. Se trata de una conocida circunstancia que, desde hace más de tres años, forma parte incluso de los comentarios jocosos de miles de vecinos sobre la costumbre de la alcaldesa de estrenar indumentaria en la mayoría de los acontecimientos públicos.
Se puede discrepar de la ironía. Por supuesto.
Podrá gustar o no. Podrá parecer brillante o desafortunada. Podrá ser compartida o criticada. Eso es lo maravilloso —y también lo incómodo— de la libertad de expresión. Lo que no puede admitirse es que una frase irónica Callado la transforme en una acusación de racismo o de machismo.
Porque ni una cosa ni la otra. No existe en mis palabras una sola expresión racista. Y, repito, tampoco existe ningún ataque a Pilar Callado por ser mujer.
Nuestra regidora astuta y taimada esperó, o eligió, el escenario perfecto: ella en el centro de la comitiva oficial, investida de poder municipal, y yo entre el público, acompañado por mi familia.
Una imagen, desde luego, muy reveladora. Lo que no se puede hacer es retorcer una frase hasta atribuirle una intención que jamás tuvo para, a continuación, utilizar esa interpretación como arma arrojadiza contra quien la escribió. Y menos aun cuando quien lo hace ostenta la máxima representación institucional de una ciudad.
Porque aquí está el verdadero problema.
- No estamos hablando de una discusión entre dos ciudadanos en una terraza.
- No estamos hablando de un enfrentamiento privado.
- Estamos hablando de una alcaldesa que decide utilizar un acto institucional y su posición de poder para señalar públicamente a una persona.
Olvida Callado que la crítica no necesita permiso. La opinión no necesita autorización del equipo de Gobierno social-comunista que preside. Y el periodista que esto suscribe, miembro de FAPE con número de registro 23.598 y de la Asociación de Periodistas de Albacete número 61 (por si hay dudas) esté en activo, jubilado o escriba desde una red social, no tiene que pedir disculpas por ejercer un derecho fundamental cuando sus palabras no gustan a quien gobierna.
Llevo una larga, muy larga trayectoria ejerciendo el periodismo en Almansa. Más de treinta años. He conocido alcaldes. Cientos de plenos. He cubierto gobiernos. He escuchado promesas y trolas pero que muy gordas. He contado éxitos y fracasos. He recibido y formulado críticas…, y durante todo ese tiempo he aprendido una cosa fundamental: a ningún político le gusta la crítica cuando la crítica le afecta personalmente.
Pero la política no consiste en recibir aplausos. Quien quiera aplausos permanentes que se dedique a otra cosa. Quien decide presentarse a unas elecciones y asumir la responsabilidad de gobernar debe aceptar una realidad elemental: sus decisiones, su gestión y su comportamiento público están sometidos al escrutinio de los ciudadanos.
Dejo aquí una cosa clara, porque no admito que se difumine: mi mujer y su hija no tienen nada que ver con lo ocurrido. No son responsables de lo que yo escribo ni de cómo ejerzo mi libertad de opinión. Estaban allí como vecinas, almanseñas espectadoras de un desfile, no como parte de ninguna disputa, y jamás deberían haber presenciado una escena así por algo que solo me concierne a mí.
No voy a entrar en si la acusación tiene algún fundamento, porque no lo tiene. Voy a entrar en cómo se hizo. Pilar Callado conoce mi teléfono, mi dirección y mi puñado de años de trayectoria pública para localizarme si quería reprocharme algo. Tiene la opción de contestar con las mismas armas que uso yo cuando escribo. Optó por otro sistema: un acto institucional, un desfile de feria, y a mí acompañado de mi familia. Eligió el lugar donde su cargo pesa más y donde yo, como un ciudadano cualquiera, peso menos.
Eso, Pilar Callado, no es valentía. Es cálculo. Alzar la voz contra un particular en mitad de un acto oficial, alterando su desarrollo, no es un gesto espontáneo de indignación, es un uso zafio del cargo. La alcaldesa no habló ayer tarde como Pilar Callado, vecina de Almansa que se siente ofendida. Habló como la autoridad que preside la Feria, rodeada de guardaespaldas invisibles que son el cargo mismo, el escenario y el público cautivo. Y usó todo eso contra un periodista crítico que hace comentarios en Facebook.
Callado hizo ayer una estúpida demostración de poder. Una forma de decir: te he leído, sé quién eres y te reprocho públicamente lo que escribes. Y eso, viniendo de una alcaldesa, resulta profundamente inquietante.
Porque cuando el poder deja de responder a las críticas con argumentos y comienza a convertir al crítico en el problema, algo empieza a funcionar mal. Si de verdad hubiera algo que reprocharme, había cien formas de hacerlo con proporción y sin exhibición. Ella escogió la que más ruido podía generar, delante de la gente y delante de mi familia. Eso dice más de su forma de entender el poder que de mi comentario sobre un vestido.
Lo ocurrido plantea además una pregunta inevitable.
¿Por qué tanta irritación? ¿Por qué semejante reacción ante una ironía publicada en un chat de Facebook? ¿Por qué la necesidad de aprovechar un acto público para responder personalmente a un comentario?
No puedo conocer lo que piensa ni lo que siente Pilar Callado. Sólo ella puede explicarlo. Pero sí puedo expresar una interpretación política: quizá la reacción tenga algo que ver con el desgaste. Con la tensión que genera el poder cuando empiezan a acumularse las críticas. Con la frustración de comprobar que una parte cada vez más importante de los almanseños cuestiona la gestión municipal.
Quedan menos de doce meses para las próximas elecciones municipales. Y el reloj político comienza a correr deprisa.
- En Almansa se habla.
- En Almansa se comenta.
- En Almansa se critica.
Como se ha hecho siempre. Los vecinos hablan de limpieza, de proyectos, de servicios públicos, de impuestos, de obras, de promesas y de gestión.
Y, naturalmente, hablan de quienes gobiernan. Eso se llama democracia. Pretender que la crítica desaparezca porque resulta incómoda es inútil. Y buscar en cada comentario crítico una agresión personal, una actitud machista o una intención racista es una peligrosa forma de degradar el debate público.
Parece mentira que a una mujer como Pilar Callado que lleva por bandera eso que se llama ser progresista, haya que recordarle que hay palabras que no deberían utilizarse a la ligera: Racismo. Machismo. Odio. Intolerancia.
Todas ellas son conceptos demasiado graves como para convertirlos en etiquetas de usar y tirar contra cualquier persona que formule una crítica incómoda. Cuando se banalizan esas acusaciones, se corre el riesgo de vaciarlas de contenido. Y cuando desde el poder se utilizan para desacreditar a un crítico, el problema es todavía mayor.
Yo no necesito la aprobación de Pilar Callado para expresar mis opiniones. Y tampoco necesito que le gusten. No escribo para agradar al poder. Nunca lo hice. Y después de más de tres décadas de profesión, difícilmente voy a empezar ahora.
Una cosa más afirmo: Pilar Callado, la primera mujer que preside un Consistorio almanseño, y además de sesgo social-comunista, puede estar tranquila.
- No voy a dejar de opinar.
- No voy a dejar de escribir.
- No voy a abandonar la ironía porque a ella o alguien le resulte incómoda.
- Y tampoco voy a aceptar que se me coloque públicamente una etiqueta que no me corresponde.
Si Pilar Callado cree que he sido injusto con ella, que responda. Si considera que mis opiniones son equivocadas, que las rebata. Si piensa que su gestión merece más reconocimiento, que sea su gestión la que hable. Pero que no creo de recibo que use en su beneficio el poder institucional como altavoz para señalar personalmente a un ciudadano. Porque mi obligación como ciudadano —y mi formación como periodista— no me permiten mirar hacia otro lado cuando considero que algo debe ser denunciado o cuestionado.
Hay algo intocable y que debe permanecer por encima de quienes ocupan circunstancialmente un despacho municipal: el respeto a la libertad de expresión y a la crítica. A menos de un año de las elecciones locales, los ciudadanos de Almansa tendrán la oportunidad de juzgar la gestión del actual gobierno municipal.
Ese sí será el verdadero debate. No el vestido que pueda estrenar una alcaldesa. No un comentario irónico en Facebook. No la opinión de un periodista jubilado.
El verdadero debate será qué se ha hecho, qué no se ha hecho y qué valoración merecen quienes han gobernado la ciudad durante estos años. Y ese debate no se resolverá señalando a quien critica. Se resolverá en las urnas. Pilar, Pilar…, pareces olvidar que el poder es pasajero. La alcaldía es temporal. Los gobiernos cambian. Las mayorías se pierden
Mientras tanto, conviene recordar una vieja lección del periodismo y de la democracia:
“cuando el poder se siente incómodo ante la crítica, tiene dos opciones: mejorar aquello que se critica o intentar desacreditar a quien critica…”
La primera exige trabajo. La segunda sólo exige poder. Y ayer, en el recinto ferial de Almansa, mi familia y yo pudimos comprobar cuál de las dos eligió Pilar Callado.
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