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LOS EXCLUSIVOS PALACIOS DE MOHAMED VI EN EL RIF: DEMUESTRA SU PODER EN TERRITORIO HOSTIL BEREBER

«El Rif es, desde hace más de un siglo, una región con una relación tensa con el poder central marroquí. Basta recordar el pasado convulso de la zona —la Guerra del Rif de los años veinte, la República Confederada de Abd el-Krim, o más recientemente, el estallido del Hirak en 2016— para entender por qué cualquier gesto simbólico del Majzén (el poder real que rodea al rey) en esta región se lee en clave política…»

María RUIZ. Copyright-2026

Portadista. Especialista en ‘breaking news’ y noticias de nacional e internacional.

El Rif es, desde hace más de un siglo, una región con una relación tensa con el poder central marroquí. Basta recordar el pasado convulso de la zona —la Guerra del Rif de los años veinte, la República Confederada de Abd el-Krim, o más recientemente, el estallido del Hirak en 2016— para entender por qué cualquier gesto simbólico del Majzén (el poder real que rodea al rey) en esta región se lee en clave política.

El Rif, en el norte montañoso del país, es de mayoría bereber y tiene una larga tradición de resistencia al poder en Marruecos. En los años 1920, Abd el-Krim lideró la República del Rif contra el colonialismo español. Tras la independencia de Marruecos en 1956, las expectativas de integración y desarrollo no se cumplieron.

En 1958 estalló la revuelta rifena por la marginación y el monopolio de cargos por élites de la antigua zona francesa. El entonces príncipe heredero Hasán (el futuro rey Hassán II) dirigió una dura represión militar con decenas de miles de soldados, cuyo resultado fue miles de muertos, la destrucción de pueblos y una herida profunda. Hasán II apenas visitó la región durante su reinado y la mantuvo marginada.

El enfrentamiento actual entre el Rif y la monarquía alauí es principalmente socioeconómico y de identidad, o sea, un polvorín independentista. La región sufre marginación histórica, con alto desempleo, falta de infraestructuras como hospitales y universidades, emigración y una dependencia endémica del cannabis. El Rif es desde hace décadas una de las principales zonas productoras de cannabis del mundo, especialmente resina/hachís.

Allí, especialmente en Alhucemas y pueblos cercanos,  surgió en octubre de 2016 el Hirak, el gran movimiento popular del Rif de protesta social, que fue reprimido y algunos de sus líderes siguen encarcelados.

Con este convulso contexto sociopolítico, no es entonces casual que el rey Mohamed VI tenga varias residencias en el Rif a las que viaja habitualmente, en un intento de que su supremacía sea evidente en la zona y entre los bereberes.

Mohamed VI dispone de una red de residencias reales repartida por todo Marruecos, pero llama la atención la concentración de propiedades precisamente en el eje rifeño y prerrifeño. Son estos:

Palacio Real de Tetuán

Es el antiguo Palacio del Jalifa construido durante el Protectorado español, hoy una de sus residencias de verano preferidas, situado en la emblemática Plaza Hassan II. Es una de las 12 residencias oficiales de la monarquía en Marruecos y constituye un imponente símbolo histórico y arquitectónico en la ciudad. Construido originalmente alrededor de 1740 como el palacio del gobernador, el recinto cobró una relevancia única durante el Protectorado español, sirviendo como sede para el Jalifa (el representante del sultán) y el Alto Comisario español. Su fachada exterior destaca por una exquisita fusión de estilo hispano-morisco, adornada con majestuosas puertas de bronce, tallas en madera de cedro e intrincados mosaicos de zelliges.

Palacio de Tánger

El impresionante Palacio del Mendoub, en el conocido barrio de Marshan, fue reconstruido por orden del propio monarca en 2010. Este palacio se lo compró Mohamed VI a la familia Forbes: el mítico Malcolm Forbes, editor de la revista estadounidense. Cuenta con 40.000 metros de superficie. El rey se lo compró directamente a los hijos del editor, cuando este falleció en el 90, para uso privado.

Este complejo palaciego es utilizado por el rey Mohamed VI para recibir a mandatarios internacionales, celebrar cumbres diplomáticas y conmemorar festividades nacionales como la Fiesta del Trono.

Palacio de Rincón

El Palacio de Rincón (M’diq), es la residencia de verano del rey alauí, cerca de Tánger, una propiedad real construida cerca de Nador, a un paso de Melilla, en pleno corazón del territorio rifeño. Con embarcadero privado. La propiedad real construida cerca de Nador, a un paso de Melilla, en pleno corazón del territorio rifeño.

s una de las residencias de verano favoritas y más exclusivas del rey Mohamed VI. A diferencia de los monumentales palacios reales oficiales del país, este complejo destaca por su ubicación estratégica: se sitúa en la costa mediterránea marroquí, en la localidad de M’diq (Rincón), a unos 13 kilómetros del palacio real de Tetuán y a muy poca distancia de la ciudad española de Ceuta. Está muy protegida y lejos de miradas indiscretas; los detalles interiores o exteriores cercanos no se publican por privacidad y seguridad, por lo que no hay imágenes de la residencia. Al parecer, está pensado, según informaciones marroquíes, como futuro retiro del monarca.

Mezquita Mohamed VI en Alhucemas

A estos palacios en territorio rifeño, se suma la Mezquita Mohamed VI de Alhucemas —ciudad símbolo del Hirak, donde nació el movimiento tras la muerte de Mohcine Fikri en 2016— y el megaproyecto de desarrollo Alhucemas, Faro del Mediterráneo, lanzado por el propio rey.

El mensaje de su presencia en el Rif

Es razonable pensar en esta acumulación de residencias reales en el norte del país como una estrategia de visibilidad territorial. En un país donde la legitimidad de la monarquía se apoya en gran medida en la presencia física y ritual del rey (recepciones, discursos del Trono, actos militares), tener palacios en la región que más ha desafiado al poder central manda un inequívoco mensaje de «marcar terreno».

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PILAR CALLADO MUDA LA FERIA EN AJUSTE DE CUENTAS

«…, hay escenas que dicen mucho más de quien las protagoniza que todos los discursos pronunciados desde un atril. Llevo más de treinta años contando lo que pasa en Almansa. Treinta largos años de crónicas ininterrumpidas y, cuando la coyuntura lo exige, de crítica sin anestesia al poder municipal, sea del color que sea. Nunca me ha temblado el pulso para señalar, sin pontificar, lo que considero mal hecho. Tampoco me tiembla ahora…»

Hay escenas que dicen mucho más de quien las protagoniza que todos los discursos pronunciados desde un atril. Llevo más de treinta años contando lo que pasa en Almansa. Treinta largos años de crónicas ininterrumpidas y, cuando la coyuntura lo exige, de crítica sin anestesia al poder municipal, sea del color que sea. Nunca me ha temblado el pulso para señalar, sin pontificar, lo que considero mal hecho. Tampoco me tiembla ahora.

Luis BONETE PIQUERAS Periodista. Copyright-2026

Anteayer, en un chat de Facebook, alguien preguntó si el PSOE acudiría a la concentración de apoyo a Ceuta del día 2 de septiembre. La mayoría respondió que no, aludiendo a la afinidad de los hijos almanseños de Pablo Iglesias con Pedro Sánchez. Yo, con la ironía que me caracteriza, opiné lo contrario: que el zurderío almanseño al completo estaría deseando asistir, y que Pilar Callado incluso estrenaría vestuario para la ocasión y se colocaría en el centro de la pancarta. Un comentario inocuo a todas luces, pero cargado de candonga, chanza y befa. Uno más, sobre una costumbre —la de estrenar ropa en cada acto público— que los almanseños comentan con guasa desde que Callado llegó a la alcaldía. No lo descubrí yo. Lo dice más de medio pueblo. Y ella lo sabe.

Ayer viernes, día 28 de septiembre, en la inauguración de la Feria, con mi mujer y su hija a mi lado, la alcaldesa decidió romper el protocolo. Aminoró el paso, se giró hacia mí y, levantando la voz lo justo para dejarse bien oír, delante de autoridades locales y provinciales y de cuanto vecino pasaba por allí, me espetó que sentía vergüenza por mis comentarios machistas en las redes, aludiendo a la broma sobre su vestido.

Pilar Callado no me buscó antes tras leer mi comentario. No me llamó. No me escribió. No solicitó hablar conmigo. No aprovechó ninguno de los innumerables momentos en los que me podría haber expresado personalmente su pesadumbre (minutos antes habíamos estado compartiendo espacio físico y fotos a dos metros de distancia en la puerta del Ayuntamiento) Mi comentario apuntaba con decisión a una ironía política. Un comentario sarcástico. Una opinión. Eso fue todo.

La referencia a su vestuario no nació de ninguna consideración sexista, jamás. Se trata de una conocida circunstancia que, desde hace más de tres años, forma parte incluso de los comentarios jocosos de miles de vecinos sobre la costumbre de la alcaldesa de estrenar indumentaria en la mayoría de los acontecimientos públicos.

Se puede discrepar de la ironía. Por supuesto.

Podrá gustar o no. Podrá parecer brillante o desafortunada. Podrá ser compartida o criticada. Eso es lo maravilloso —y también lo incómodo— de la libertad de expresión. Lo que no puede admitirse es que una frase irónica Callado la transforme en una acusación de racismo o de machismo.

Porque ni una cosa ni la otra. No existe en mis palabras una sola expresión racista. Y, repito, tampoco existe ningún ataque a Pilar Callado por ser mujer.

Nuestra regidora astuta y taimada esperó, o eligió, el escenario perfecto: ella en el centro de la comitiva oficial, investida de poder municipal, y yo entre el público, acompañado por mi familia.

Una imagen, desde luego, muy reveladora. Lo que no se puede hacer es retorcer una frase hasta atribuirle una intención que jamás tuvo para, a continuación, utilizar esa interpretación como arma arrojadiza contra quien la escribió. Y menos aun cuando quien lo hace ostenta la máxima representación institucional de una ciudad.

Porque aquí está el verdadero problema.

  • No estamos hablando de una discusión entre dos ciudadanos en una terraza.
  • No estamos hablando de un enfrentamiento privado.
  • Estamos hablando de una alcaldesa que decide utilizar un acto institucional y su posición de poder para señalar públicamente a una persona.

 

Olvida Callado que la crítica no necesita permiso. La opinión no necesita autorización del equipo de Gobierno social-comunista que preside. Y el periodista que esto suscribe, miembro de FAPE con número de registro 23.598 y de la Asociación de Periodistas de Albacete número 61 (por si hay dudas) esté en activo, jubilado o escriba desde una red social, no tiene que pedir disculpas por ejercer un derecho fundamental cuando sus palabras no gustan a quien gobierna.

Llevo una larga, muy larga trayectoria ejerciendo el periodismo en Almansa. Más de treinta años. He conocido alcaldes. Cientos de plenos. He cubierto gobiernos. He escuchado promesas y trolas pero que muy gordas. He contado éxitos y fracasos. He recibido y formulado críticas…, y durante todo ese tiempo he aprendido una cosa fundamental: a ningún político le gusta la crítica cuando la crítica le afecta personalmente.

Pero la política no consiste en recibir aplausos. Quien quiera aplausos permanentes que se dedique a otra cosa. Quien decide presentarse a unas elecciones y asumir la responsabilidad de gobernar debe aceptar una realidad elemental: sus decisiones, su gestión y su comportamiento público están sometidos al escrutinio de los ciudadanos.

Dejo aquí una cosa clara, porque no admito que se difumine: mi mujer y su hija no tienen nada que ver con lo ocurrido. No son responsables de lo que yo escribo ni de cómo ejerzo mi libertad de opinión. Estaban allí como vecinas, almanseñas espectadoras de un desfile, no como parte de ninguna disputa, y jamás deberían haber presenciado una escena así por algo que solo me concierne a mí.

No voy a entrar en si la acusación tiene algún fundamento, porque no lo tiene. Voy a entrar en cómo se hizo. Pilar Callado conoce mi teléfono, mi dirección y mi puñado de años de trayectoria pública para localizarme si quería reprocharme algo. Tiene la opción de contestar con las mismas armas que uso yo cuando escribo. Optó por otro sistema: un acto institucional, un desfile de feria, y a mí acompañado de mi familia. Eligió el lugar donde su cargo pesa más y donde yo, como un ciudadano cualquiera, peso menos.

Eso, Pilar Callado, no es valentía. Es cálculo. Alzar la voz contra un particular en mitad de un acto oficial, alterando su desarrollo, no es un gesto espontáneo de indignación, es un uso zafio del cargo. La alcaldesa no habló ayer tarde como Pilar Callado, vecina de Almansa que se siente ofendida. Habló como la autoridad que preside la Feria, rodeada de guardaespaldas invisibles que son el cargo mismo, el escenario y el público cautivo. Y usó todo eso contra un periodista crítico que hace comentarios en Facebook.

Callado hizo ayer una estúpida demostración de poder. Una forma de decir: te he leído, sé quién eres y te reprocho públicamente lo que escribes. Y eso, viniendo de una alcaldesa, resulta profundamente inquietante.

Porque cuando el poder deja de responder a las críticas con argumentos y comienza a convertir al crítico en el problema, algo empieza a funcionar mal. Si de verdad hubiera algo que reprocharme, había cien formas de hacerlo con proporción y sin exhibición. Ella escogió la que más ruido podía generar, delante de la gente y delante de mi familia. Eso dice más de su forma de entender el poder que de mi comentario sobre un vestido.

Lo ocurrido plantea además una pregunta inevitable.

¿Por qué tanta irritación? ¿Por qué semejante reacción ante una ironía publicada en un chat de Facebook? ¿Por qué la necesidad de aprovechar un acto público para responder personalmente a un comentario?

No puedo conocer lo que piensa ni lo que siente Pilar Callado. Sólo ella puede explicarlo. Pero sí puedo expresar una interpretación política: quizá la reacción tenga algo que ver con el desgaste. Con la tensión que genera el poder cuando empiezan a acumularse las críticas. Con la frustración de comprobar que una parte cada vez más importante de los almanseños cuestiona la gestión municipal.

Quedan menos de doce meses para las próximas elecciones municipales. Y el reloj político comienza a correr deprisa.

  • En Almansa se habla.
  • En Almansa se comenta.
  • En Almansa se critica.

 

Como se ha hecho siempre. Los vecinos hablan de limpieza, de proyectos, de servicios públicos, de impuestos, de obras, de promesas y de gestión.

Y, naturalmente, hablan de quienes gobiernan. Eso se llama democracia. Pretender que la crítica desaparezca porque resulta incómoda es inútil. Y buscar en cada comentario crítico una agresión personal, una actitud machista o una intención racista es una peligrosa forma de degradar el debate público.

Parece mentira que a una mujer como Pilar Callado que lleva por bandera eso que se llama ser progresista, haya que recordarle que hay palabras que no deberían utilizarse a la ligera: Racismo. Machismo. Odio. Intolerancia.

Todas ellas son conceptos demasiado graves como para convertirlos en etiquetas de usar y tirar contra cualquier persona que formule una crítica incómoda. Cuando se banalizan esas acusaciones, se corre el riesgo de vaciarlas de contenido. Y cuando desde el poder se utilizan para desacreditar a un crítico, el problema es todavía mayor.

Yo no necesito la aprobación de Pilar Callado para expresar mis opiniones. Y tampoco necesito que le gusten. No escribo para agradar al poder. Nunca lo hice. Y después de más de tres décadas de profesión, difícilmente voy a empezar ahora.

Una cosa más afirmo: Pilar Callado, la primera mujer que preside un Consistorio almanseño, y además de sesgo social-comunista, puede estar tranquila.

  • No voy a dejar de opinar.
  • No voy a dejar de escribir.
  • No voy a abandonar la ironía porque a ella o alguien le resulte incómoda.
  • Y tampoco voy a aceptar que se me coloque públicamente una etiqueta que no me corresponde.

 

Si Pilar Callado cree que he sido injusto con ella, que responda. Si considera que mis opiniones son equivocadas, que las rebata. Si piensa que su gestión merece más reconocimiento, que sea su gestión la que hable. Pero que no creo de recibo que use en su beneficio el poder institucional como altavoz para señalar personalmente a un ciudadano. Porque mi obligación como ciudadano —y mi formación como periodista— no me permiten mirar hacia otro lado cuando considero que algo debe ser denunciado o cuestionado.

Hay algo intocable y que debe permanecer por encima de quienes ocupan circunstancialmente un despacho municipal: el respeto a la libertad de expresión y a la crítica. A menos de un año de las elecciones locales, los ciudadanos de Almansa tendrán la oportunidad de juzgar la gestión del actual gobierno municipal.

Ese sí será el verdadero debate. No el vestido que pueda estrenar una alcaldesa. No un comentario irónico en Facebook. No la opinión de un periodista jubilado.

El verdadero debate será qué se ha hecho, qué no se ha hecho y qué valoración merecen quienes han gobernado la ciudad durante estos años. Y ese debate no se resolverá señalando a quien critica. Se resolverá en las urnas. Pilar, Pilar…, pareces olvidar que el poder es pasajero. La alcaldía es temporal. Los gobiernos cambian. Las mayorías se pierden

Mientras tanto, conviene recordar una vieja lección del periodismo y de la democracia:

“cuando el poder se siente incómodo ante la crítica, tiene dos opciones: mejorar aquello que se critica o intentar desacreditar a quien critica…”

La primera exige trabajo. La segunda sólo exige poder. Y ayer, en el recinto ferial de Almansa, mi familia y yo pudimos comprobar cuál de las dos eligió Pilar Callado.

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EL REY, PRISIONERO DE SU PROPIO TEMOR

«…, no se habla de otra cosa. Ceuta lleva días respirando miedo. Miedo en las calles vacías, miedo en los comercios cerrados, miedo de los gritos que se escuchan en la noche, miedo del alboroto callejero, miedo en los hospitales que atienden heridos, miedo en las patrullas vecinales que se arman con bates porque el Estado no llega. Miedo por la morgue con un centenar de fallecidos. Miedo, sobre todo, a sentirse solos. Y en medio de ese miedo, el Rey Felipe VI —jefe del Estado, símbolo de unidad, capitán general de los ejércitos— no aparece. No cruza el estrecho. No ha pisado la ciudad…»  «… a modo de prólogo de este escrito, vaya por delante que no soy monárquico. A pesar de ello, visto lo visto desde la instauración y sopesando la realidad y la fauna política imperante en la piel de toro, me inclino, aunque sin convicción alguna, por lo malo conocido antes que lo bueno por conocer. Todo ello señalado sea con el máximo respeto….»

Luis BONETE Periodista. Copyright-2026

 

A  modo de prólogo de este escrito, vaya por delante que no soy monárquico. A pesar de ello, visto lo visto desde la instauración y sopesando la realidad y la fauna política imperante en la piel de toro, me inclino, aunque sin convicción alguna, por lo malo conocido antes que lo bueno por conocer. Todo ello señalado sea con el máximo respeto.

No se habla de otra cosa. Ceuta lleva días respirando miedo. Miedo en las calles vacías, miedo en los comercios cerrados, miedo de los gritos que se escuchan en la noche, miedo del alboroto callejero, miedo en los hospitales que atienden heridos, miedo en las patrullas vecinales que se arman con bates porque el Estado no llega. Miedo por la morgue con un centenar de fallecidos. Miedo, sobre todo, a sentirse solos.

Y en medio de ese miedo, el Rey Felipe VI —jefe del Estado, símbolo de unidad, capitán general de los ejércitos— no aparece. No cruza el estrecho. No ha pisado la ciudad, ni con el PP ni con el PSOE en el poder. Tampoco mira a los ojos a quienes preguntan desesperados: ¿Dónde está el Rey? Cuando una ciudad española vive una crisis que desborda lo humanitario y lo político, la figura del jefe del Estado debería ser un faro. Y, sin embargo, el faro borbónico no se ha encendido.

Zarzuela filtró que el Rey siguió los acontecimientos “con indignación” y “gran preocupación”. Lo de siempre ante cualquier problema o catástrofe. Pero la indignación sin presencia real es pura retórica. La preocupación sin gesto es solo protocolo. Y el protocolo, cuando una ciudad española vive una invasión de 60.000 personas orquestada por un régimen extranjero, se convierte en un velo demasiado fino para tapar la ausencia.

Felipe VI ha llamado por teléfono. Ha transmitido ánimo. Ha pedido unidad. Pero Ceuta no necesita llamadas: necesita Estado. Y el Estado, en su forma más simbólica, ha decidido no estar. ¿No le dejan estar? o ¿no quiere estar?

La institución que encabezada por Felipe VI y que trata por todos los medios de encarnar la continuidad histórica de España, parece hoy prisionera de su propio temor. Temor a repetir el 3-O de Cataluña. Temor a que una visita se interprete como un desafío al Gobierno. Temor a que Marruecos lea el gesto como una provocación. Temor, en definitiva, a ser algo más que un espectador.

Pero cuando el miedo guía a una institución, esa institución deja de ser guía.

La Corona se protege a sí misma, pero en ese acto deja desprotegidos a quienes más necesitan sentir que España —toda España— está con ellos. La verdad es dura: Felipe VI no viaja a Ceuta porque su presencia sería un acto político, y la Corona ya no sabe cómo actuar sin temer convertirse en política.

En este caso concreto, dejarse ver en Ceuta evidenciaría un acto de soberanía. Sería un gesto de consuelo. Sería un guiño de autoridad. Sería, en definitiva, un ademán de Estado. Y parece que, hoy, la Corona prefiere no ser Estado. Se manifiesta que lo sucedido es una “crisis migratoria”; mentira y trola de las gordas, a otro perro con ese hueso. Lo sucedido en Ceuta fue una invasión en toda regla del territorio español que pilló a los servicios secretos españoles tomando un vaso de horchata y que coincidió con la celebración de la Fiesta del Trono en Marruecos, solemnizando los 27 años en la poltrona de Mohamed VI. Con el visto bueno de Rey “comendador de los creyentes marroquíes” los servicios de inteligencia marroquíes alentaron la avalancha invasora. La policía y la gendarmería marroquí colaboraron. El Gobierno español lo sabe. Ceuta lo sabe. El Rey lo sabe. Y Pedro Sánchez nos toma por gilipollas y dice que todo sucedió auspiciado por las mafias, olvidando que los cabecillas de la mafia están en Soto del Real calentando las celdas que “otros” van a ocupar más pronto que tarde. Y, aun así, no hay un gesto. No hay presencia. No hay palabra pública, tan solo un filtrado de conducta aséptica que ya no impresiona ni convence a nadie.

Porque cualquier movimiento que hiciese Felipe VI irritaría a Rabat. Y la Corona, en este momento concreto, junto con el presidente Sánchez, parece más preocupada por no molestar a Marruecos que por acompañar a los ceutíes. Más de lo mismo.

Alguien podrá decir que la situación no es la más adecuada para una visita real, que es peligrosa. Que hay violencia. Que hay caos. Que un despliegue de seguridad sería más que complejo. Pero si el Rey no puede visitar una ciudad española en crisis, ¿qué mensaje se envía? ¿Que el jefe del Estado solo aparece cuando el país está en calma? ¿Que la Corona solo existe para los actos veraniegos en Marivent y las recepciones estivales?  En este contexto, lo tengo muy claro: la seguridad del monarca no puede ser más importante que la seguridad de los ciudadanos que lo esperan.

Felipe VI no ha ido a Ceuta. Ni se le espera. No ha hablado públicamente. Lo hemos visto con cara circunspecta, si me apuran de mala leche, ceño fruncido, con el bigote blanco apuntando al suelo, pero eso tampoco convence debido a que ese visaje es ya de sobra conocido; lo usa de manera habitual. Es el procedimiento que maneja, para digerir los sapos y culebras que se come en aras de la tan manida y constitucional neutralidad. Felipe VI no ha encabezado al Estado en Ceuta. Aseguró haber seguido los sucesos “con indignación”, más no ha ofrecido el gesto que la ciudad necesitaba para no sentirse huérfana. Tampoco le han dejado. Ya se sabe que los floreros no poseen voluntad propia, sino que los manejan y usan quienes mandan en la casa que decoran.

El Gobierno Frankenstein presidido por Pedro Sánchez no quiere al Rey en Ceuta. No desea una imagen que contraste con su propia y nefasta gestión. Su peor pesadilla sería comprobar que Felipe VI se convirtiera en símbolo de protección cuando la ciudadanía siente que el ejecutivo ha llegado tarde, mal y sin convicción. La Corona, que constitucionalmente debe ser neutral, acaba siendo neutralizada.

Y esa ausencia, en un momento así, no es neutral. Es un mensaje. Un recado de distancia. Un encargo de miedo. Un anuncio de dependencia política y diplomática. Una comunicación que, sin quererlo, erosiona la autoridad simbólica de la Corona.

Porque cuando un Rey no aparece en el lugar donde su pueblo sufre, su silencio deja de ser prudencia para convertirse en sombra. Y las sombras, cuando se alargan demasiado, acaban cuestionando la luz que debería proteger a sus súbditos. No podemos olvidar que un Rey que solo aparece cuando el viento sopla a favor, deja de ser Rey para convertirse en un decorado.

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Ley de nacionalidad a los Saharauis

«…, este mes de julio, la ley que da la nacionalidad a los saharauis fue votada en el Congreso por la mayoría, incluido el gobierno de coalición. El PSOE intentó que no aparecieran alusiones al pueblo saharaui para no enfadar a Marruecos. El Grupo Socialista, por indicación del Ministerio de Asuntos Exteriores, según informó El País, presentó dos enmiendas para suprimir las menciones que en el preámbulo de la propuesta se hacen al «pueblo saharaui» y cambiarlas por «población saharaui» o «saharauis» a secas, con el objetivo de no molestar a Marruecos. Las dos enmiendas socialistas se votaron por separado y fueron derrotadas…»

Luis BONETE Periodista. Copyright-2026

Este mes de julio, la ley que da la nacionalidad a los saharauis fue votada en el Congreso por la mayoría, incluido el gobierno de coalición. El PSOE intentó que no aparecieran alusiones al pueblo saharaui para no enfadar a Marruecos.

El Grupo Socialista, por indicación del Ministerio de Asuntos Exteriores, según informó El País, presentó dos enmiendas para suprimir las menciones que en el preámbulo de la propuesta se hacen al «pueblo saharaui» y cambiarlas por «población saharaui» o «saharauis» a secas, con el objetivo de no molestar a Marruecos. Las dos enmiendas socialistas se votaron por separado y fueron derrotadas.

Esta ley permitirá facilitar el acceso a la nacionalidad española a las personas nacidas en el Sáhara Occidental bajo administración española, extender sus efectos a sus descendientes directos en determinadas circunstancias y reducir de 10 a dos años el plazo de residencia exigido para solicitar la nacionalidad española por residencia. En definitiva, reconocería los vínculos históricos de miles de saharauis con España.

«El procedimiento de nacionalidad a los descendientes de saharauis «españoles» permita evitar la disyuntiva todo o nada individual de una parte significativa de la población refugiada en Tinduf tras los resultados o fracaso de la negociación«, señala, Agustín Santos de Sumar, partido que impulsó la iniciativa.

De tal manera que el gobierno español por un lado apoya el plan de autonomía marroquí para impulsar las negociaciones entre Marruecos y el Frente Polisario en el marco de la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, pero por otro lado «quienes no quieran volver al Sáhara Occidental, la antigua colonia española, podrían venir a España”.

Incluso en el Sáhara bajo autonomía marroquí, como ciudadanos españoles, podrían alegar protección consular para la defensa de sus derechos sin tener que pedir nacionalidad marroquí o mantener la apátrida de Naciones Unidas«, detalló Santos.

Sin embargo, no hay intención de permitir el paso de personas desde Marruecos por la frontera de Melilla porque además de que hay partidos localistas que defienden «la prosperidad compartida«, «Rabat ha desarrollado la parte colindante con la ciudad española y no le interesa ahuyentar a los inversores con más de 40.000 puestos creados«, manifiesta un miembro de la inteligencia extranjera.

En estos momentos la presión migratoria alcanza niveles críticos y la ciudad autónoma afronta uno de los momentos más complicados de los últimos años.

Este escenario con más de dos mil personas migrantes a nado a Ceuta en unas horas recuerda al escenario de mayo de 2021 cuando Marruecos rompió las relaciones diplomáticas con España por la acogida de Brahim Ghali, el secretario general del Frente Polisario, y relajó la frontera con Ceuta. Entonces entraron 12.000 personas en dos días a la ciudad autónoma, según los datos del presidente ceutí.

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LAMINE YAMAL. HAY QUE SEGUIR ESPERANDO

«…, a juzgar por la foto final con la copa en Nueva Jersey, calificar de «decepcionante» la aportación deportiva a la selección española del Mundial de 2026 por parte de Lamine Yamal, un chaval de 19 años que acaba de proclamarse campeón del mundo tras vencer a Argentina (1-0) puede sonar injusta a primera vista. Sin embargo, cuando las expectativas mediáticas y la repetición de su nombre por parte de tirios y troyanos se han realizado día sí y otro también hasta la náusea, obviando por completo a sus compañeros y situándolo en la estratosfera del Balón de Oro y hasta el tato exigía genialidad en cada balón que tocase, el análisis de su presencia en el combinado español debe ser exigente…»

Luis BONETE Periodista. Copyright-2026

A juzgar por la foto final con la copa en Nueva Jersey, calificar de «decepcionante» la aportación deportiva a la selección española del Mundial de 2026 por parte de Lamine Yamal, un chaval de 19 años que acaba de proclamarse campeón del mundo tras vencer a Argentina (1-0) puede sonar injusta a primera vista. Sin embargo, cuando las expectativas mediáticas y la repetición de su nombre por parte de tirios y troyanos se han realizado día sí y otro también hasta la náusea, obviando por completo a sus compañeros y situándolo en la estratosfera del Balón de Oro y hasta el tato exigía genialidad en cada balón que tocase, el análisis de su presencia en el combinado español debe ser exigente.

Eliminatoria tras eliminatoria, partido tras partido, el supuesto brillo de Lamine no bastó para deslumbrar. Parece más que claro que Lamine Yamal ha pagado y bien el peaje de su evidente inmadurez.

Es cierto. España ha bordado su segunda estrella en el pecho, sí, pero en el análisis individual del torneo más importante del planeta, el fútbol no vive solo de medallas. Si a Lamine Yamal se le juzga con la vara de medir de los fuera de serie —esa que él mismo eligió en la Eurocopa de 2024—, su paso por el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá deja un sabor agridulce, un futuro por escribir y un puñado de certezas incómodas.

Con un solo gol anotado en todo el campeonato (frente a Arabia Saudí en la fase de grupos) y cero asistencias directas en los cruces decisivos, los datos fríos del extremo barcelonista reflejan una situación que genera dudas en cuanto a si, no a su calidad, que la tiene, sino a lograr alcanzar el nivel planetario futbolero que se le supone. En las eliminatorias a vida o muerte —ante Portugal en octavos, Bélgica en cuartos, Francia en semifinales y Argentina en la gran final—, Lamine acusó una alarmante falta de acierto en el último tercio del campo; se le notaba agarrotado, falto de ideas, creo que la presión le venció y lo condujo a la inoperancia. Amagaba, sí…, pero no daba. Las grandes citas exigen que las estrellas (presuntas y consolidadas) determinen partidos colosales con momentos de luz propia; en este Mundial, ese rol definitivo recayó con más frecuencia en hombres como Dani Olmo o Ferran Torres.

Los seleccionadores rivales ya no le leen la cartilla: se la saben de memoria. Se vio ante la rocosa defensa de Cabo Verde, la dureza física de Uruguay y el marcaje al hombre en la final. Lamine se atascó sistemáticamente cuando le cerraron la salida hacia dentro con pierna cambiada. En su haber, señalar que lideró la estadística del torneo en regates intentados y completados, pero hay que resaltar que una cantidad considerable de esos desbordes se produjeron lejos del área de castigo, derivando en posesiones estériles o centros desviados por la maraña defensiva rival.

Llegar a un Mundial con 19 años habiendo disputado más de 60 partidos al máximo nivel en la temporada se paga. La chispa eléctrica y el cambio de ritmo devastador que han vuelto locos a muchos laterales se vieron excesivamente atenuados por la lentitud en la toma de decisiones. En varias fases del torneo se apreció a un Lamine más terrenal, obligado a jugar hacia atrás y falto de esa suficiencia física para marcar diferencias en el minuto 80.

Conclusión: Lamine Yamal se marcha de Norteamérica siendo campeón del mundo a los 19 años, un hito monumental que nadie le podrá arrebatar. Pero el fútbol de élite no perdona la complacencia: este torneo ha demostrado que el talento puro ya no basta si no va acompañado de contundencia en las grandes noches. Para pasar de ser una estrella precoz a dominar una era, Lamine deberá aprender a descifrar los partidos donde los rivales no le dejan ni respirar.

Habrá que seguir esperando.

 

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