…, este fin de semana, ha viajado a la legendaria e histórica localidad de Riópar, enclavada en el corazón de la Sierra del Segura. Y allí, en mitad de la cordillera albaceteña, con una gran sorpresa he vuelto a escuchar un sonido que me ha llevado inevitablemente hasta la Almansa de mi infancia y juventud: el bramido de una sirena de fábrica. Es curioso, pero mientras ese aullido entre melancólico y…”
Luis BONETE Periodista.Copyright-2026
Este fin de semana, ha viajado a la legendaria e histórica localidad de Riópar, enclavada en el corazón de la Sierra del Segura. Y allí, en mitad de la cordillera albaceteña, con una gran fascinación he vuelto a escuchar un sonido que me ha llevado inevitablemente hasta la Almansa de mi infancia y juventud: el bramido de una sirena de fábrica. Sorprendido, inmediatamente hice una llamada telefónica a mi buen amigo Miguel Pereda, historiador, cronista de la Ciudad de Almansa y residente por temporadas en Riópar, y él, con su bonhomía habitual me explicó detalladamente que era aquello que oía y porqué sucedía. Esclarecimiento que da pie a este trabajo de opinión personal.
Es curioso, pero mientras ese aullido entre melancólico y decimonónico sonaba, nada ni nadie en Riópar dejaba sus quehaceres pero, sobre todo, yo que los miraba con atención, pude comprobar que ese agudo y decidido sonido les hacía mirar en dirección a donde provenía y nadie se avergonzaba de su pasado industrial. Todo lo contrario. Sabían perfectamente qué estaba sucediendo y porqué en la época del despreciable reggaetón, el IPhone 18 y los coches eléctricos chinos, oían una sirena que no anunciaba ¡todos al refugio! o un inminente bombardeo, sino que ensalzaba la memoria histórica de hombres y mujeres que colaboraron a levantar una industria casi única en el mundo: el manoseo y laboreo del latón y el bronce.
Las históricas fábricas de San Juan de Alcaraz comenzaron su actividad en 1773 y alrededor de ellas se desarrolló buena parte de la vida económica y social de aquella localidad. La industria metalúrgica marcó durante generaciones el trabajo y hasta el paisaje humano de Riópar. Hoy aquel complejo industrial forma parte de su patrimonio y de su memoria colectiva. Y allí permanece también la sirena.
A las dos de la tarde, puntual, todos los sábados y domingos del año, en Riópar vuelve a escucharse ese sonido que durante tantos años marcó la vida de miles de trabajadores. Esa sirena ya no llama a nadie al tajo. Ya no anuncia el comienzo o el final de un turno. Ahora llama a la memoria, al recuerdo, y a la gratitud.
Tardé unos minutos en salir de mi asombro y con el eco de la sirena aún en mis oídos, me hizo pensar inmediatamente en Almansa. Porque Almansa también tuvo su sirena. Vaya que la tuvo. ¡Y qué sirena!
Durante décadas, creo recordar que a las ocho de la mañana y a las tres de la tarde, el poderoso silbo procedente de la Cooperativa de Calzados Sancho Abarca se extendía por buena parte de la ciudad. Todos los almanseños sabíamos perfectamente lo que significaba: los zapateros entraban al tajo. No hacía falta mirar el reloj. La sirena era el reloj de Almansa.
Era el sonido de una ciudad industrial, desgraciadamente ahora venida a menos, que se levantaba cada mañana para trabajar. Detrás de aquel aullido había aparadoras, cortadores, deviradores, montadores, almaceneros, mecánicos, empaquetadores, viajantes, empresarios y miles de familias cuya existencia giraba directa o indirectamente alrededor de un zapato. No estamos hablando de una actividad económica cualquiera. Me pronuncio al respecto de la industria que transformó Almansa desde la aparición de la pionera y zapatera familia de los Coloma.
El propio Ayuntamiento de Almansa, en multitud de ocasiones reconoce en sus reseñas históricas, que el calzado ha sido la columna vertebral de la economía almanseña y que su expansión durante los años sesenta y setenta resultó decisiva para el desarrollo de la ciudad.
Sancho Abarca fue parte fundamental de aquella historia. Procedía de la antigua Cooperativa Obrera de Calzados Girón, nacida en 1947, y durante décadas fue uno de los grandes nombres de nuestro tejido industrial. La desaparición de la cooperativa, y con ella de su sirena, ha quedado incluso recogida en textos sobre la memoria industrial de Almansa como la pérdida de un elemento que merecía haberse conservado como patrimonio industrial e inmaterial.
Por eso resulta inevitable hacerse una pregunta: ¿Por qué Riópar puede conservar con orgullo el sonido de su pasado industrial y Almansa no? ¿Qué diferencia existe entre el trabajador que durante décadas entró en una fábrica de bronces de Riópar y el zapatero almanseño que pasó media vida inclinado sobre una máquina, una horma o un banco de trabajo? Yo digo que ninguna.
Ambos levantaron sus pueblos con sus manos.
Ambos llevaron un jornal a sus casas.
Ambos contribuyeron a crear riqueza.
Ambos merecen memoria, reconocimiento y respeto.
Sin embargo, en Almansa y para nuestra vergüenza, dejamos que aquella sirena enmudeciera. Gobiernos municipales que se denominan obreros y socialistas no recuperaron aquel sonido, y posteriores administraciones de signo conservador tampoco corrigieron ese olvido. Conviene decirlo así porque la memoria histórica industrial de Almansa no debe pertenecer a ningún partido político.
Precisamente por eso sorprende que el actual Consistorio, presidido por la socialista Pilar Callado, apoyada por el comunista, Cristian Ibáñez (primer teniente de Alcaldía) no haya impulsado hasta ahora —al menos públicamente— una iniciativa semejante a la que Riópar mantiene con su patrimonio histórico-sonoro.
No propongo que la sirena vuelva a sonar a las ocho de la mañana para mandar a nadie a trabajar. Es evidente que los tiempos han cambiado. Las fábricas han cambiado. Almansa ha cambiado. Pero la historia no debería borrarse porque cambien los tiempos. No obstante, y para reflexión de quien/es corresponda hoy pregono: ¿Por qué no hacer sonar aquella sirena —o en su caso una reproducción fiel de su sonido— cada sábado o cada domingo a una hora determinada? Un minuto. Solamente un minuto. Un minuto para recordar y honrar a quienes devirando, cosiendo, limpiando, cortando…, dejaron sus vidas y su salud por engrandecer Almansa. Exclusivamente un minuto por los hombres y mujeres que entraban de noche a las fábricas en invierno. Por aquellas aparadoras que cosieron miles y miles de pares. Por los cortadores. Por los montadores. Por quienes trabajaron en Coloma, Girón, Sendra, Sancho Abarca, Gonzalo, Loren´s…, y en tantas otras fábricas y pequeños talleres.
Por los empresarios que arriesgaron. Por los obreros que trabajaron. Por las familias que vivieron del zapato. Por toda una ciudad que creció alrededor del calzado.
El sonido de esa sirena a principios del s.XXI no podría ser considerado contaminación acústica. Sería memoria. Tampoco sería una nostalgia vacía. Sería patrimonio. Tampoco sería mirar hacia atrás. Al contrario, serviría para enseñar a quienes vienen detrás de dónde procede buena parte de la Almansa que hoy disfrutan.
Riópar lo ha entendido a la perfección. Allí la sirena ya no manda trabajadores a la fábrica: convoca recuerdos. Y cuando suena, aquel pueblo parece decir a sus antiguos obreros: no os hemos olvidado.
Quizás Almansa, y con su clase política de mutuo acuerdo, debería ser capaz de hacer lo mismo. Porque una ciudad que presume legítimamente de su calzado, que habla de tradición zapatera, que promociona la calidad de sus zapatos y que reconoce oficialmente la trascendencia histórica de esta industria debería conservar también los sonidos de aquella historia. El sonido de la sirena.
A veces hacen falta grandes monumentos para recordar el pasado. Otras veces basta con accionar un interruptor. Y dejar que durante unos segundos una vieja sirena vuelva a atravesar Almansa y la memoria adormecida despierte y la muerta, resucite. Que la escuchen los mayores y recuerden orgullosos. Que pregunten los jóvenes qué significa.
Y que alguien pueda contestarles:
—Es la sirena de los zapateros.
La de aquellos miles de hombres y mujeres que, trabajando día tras día, dejándose la salud, ayudaron a levantar Almansa. Riópar conserva la suya con altivez y orgullo. Almansa todavía está a tiempo de recuperar la voz de la suya.
13-09-2026 Reunión extraordinaria del Consejo de ministros. Palacio de la Moncloa. Pedro Sánchez entra en la sala con gesto grave. Los ministros esperan noticias preocupantes.
Luis BONETE. Periodista Copyright-2026
—Señores ministros, tenemos un problema muy serio en Ceuta.
Fernando Marlaska se incorpora inmediatamente.
—¿La frontera, presidente?
—No.
Margarita Robles interviene:
—¿La presión migratoria?
—Tampoco.
Carlos Cuerpo consulta sus papeles.
—¿El coste económico de las medidas?
—Mucho menos importante.
José Manuel Albares, prudente:
—¿Marruecos?
Sánchez hace una pausa. Mira a todos y sonríe.
—He encontrado la solución.
Silencio absoluto.
—WIFI GRATIS PARA TODOS LOS INVASORES¡¡¡
Nadie dice una palabra.
Marlaska mira a Robles.
Robles mira a Cuerpo.
Cuerpo mira a Albares.
Albares mira al techo.
Y el techo, probablemente, empieza a preocuparse.
—presidente —dice Marlaska—, creo que no ha entendido el problema.
—Fernando, lo he entendido perfectamente. Si tienen WIFI, podrán comunicarse.
—Pero tenemos una frontera…
—Con WIFI.
—presidente, hay problemas de seguridad…
—Con WIFI también.
—Hay una presión migratoria extraordinaria…
—Precisamente por eso necesitamos más cobertura.
Robles intenta recuperar la cordura de la reunión.
—Pedro, ¿no crees que los ciudadanos de Ceuta podrían sentirse abandonados?
—Margarita, los ciudadanos tienen una virtud extraordinaria.
—¿Cuál?
—Se cansan.
Silencio.
—Primero protestarán —continúa Sánchez—. Después protestarán menos. Luego se cansarán. Y finalmente se acostumbrarán.
Cuerpo levanta la mano.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, dinero.
—¿Cuánto?
—El necesario.
—¿Y si no funciona?
—Más dinero.
—¿Y si siguen protestando?
—Más paciencia y más dinero.
Marlaska vuelve a intervenir.
—presidente, esto puede provocar una auténtica tormenta política.
—Fernando, las tormentas pasan. Mírate al espejo.
—¿Y si no pasa?
—Pues ponemos WIFI.
Albares, desesperado:
—¿Y qué hacemos con Marruecos?
Sánchez responde sin pestañear:
—Eso lo hablamos después de contratar la tarifa plana.
Robles ya no puede contenerse.
—Pero presidente, ¿no deberíamos preocuparnos primero por los españoles que viven allí?
Sánchez la mira sorprendido.
—Por supuesto.
—¿Entonces?
—También tendrán WIFI.
—¿Gratis?
Sánchez guarda silencio.
—Bueno… tampoco hay que exagerar.
Los ministros vuelven a mirarse.
En ese momento entra Óscar López.
—¿Me ha llamado, presidente?
Sánchez se levanta solemnemente.
—Óscar, ha llegado el momento de hacer historia.
—¿Qué hacemos?
—Quiero WIFI gratis para los migrantes.
—¿Para cuándo?
—Inmediatamente.
—¿Y después?
Sánchez sonríe.
—TARIFA PLANA¡¡¡ y móviles baratos…, pero que lleven Whasaap
—¿Y los derechos humanos?
—Intocables.
—¿Y los problemas de Ceuta?
—Ya los iremos solucionando. Ahora a lo que estamos.
—¿Cómo?
Sánchez se encoge de hombros.
—Con tiempo.
—¿Y si los ceutíes protestan?
—Que protesten.
—¿Y si protestan mucho?
—Que se cansen.
—¿Y si no se cansan?
Sánchez mira fijamente a Óscar López.
—Entonces habrá que darles más motivos para acostumbrarse.
Se hace un silencio sepulcral.
Finalmente, Sánchez recoge sus papeles.
—Se levanta la sesión.
Marlaska pregunta:
—presidente, ¿y la crisis de Ceuta?
Sánchez abre la puerta.
—Resuelta.
—¿La frontera?
—No.
—¿La inmigración?
—Tampoco.
—¿La seguridad?
—Todavía no.
—Entonces, ¿qué hemos resuelto?
Sánchez sonríe.
—Que los invasores tengan WIFI y celulares a precio de saldo.
Y sale de la sala.
Los ministros permanecen inmóviles. Se miran con cara de bobos…, y suspiran.
—Nos van a dar de hostias hasta en la foto del DNI, dicen.
Sobre la mesa queda escrito el nuevo Plan Estratégico para Ceuta:
PRIMERO, WIFI GRATIS. DESPUÉS, TARIFA PLANA. Y PARA LOS PROBLEMAS DE LOS CEUTÍES… PACIENCIA, DINERO Y QUE SE ACOSTUMBREN.
Y AHORA, FUERA DE LA FICCIÓN….
Porque quizá el verdadero problema no sea el WIFI. El verdadero problema sería que un Gobierno llegara a pensar que dar conexión a unos mientras se desconecta de las preocupaciones de otros puede sustituir a una política seria. Ceuta no necesita que le digan que se acostumbre. Ceuta necesita que la escuchen. Y los ceutíes no necesitan una tarifa plana para soportar sus problemas. Necesitan un Gobierno que no les deje en espera. Necesitan recuperar la ciudad y que se expulse a todos los invasores que cruzaron ilegalmente la frontera. Porque cuando un ciudadano pide seguridad, respeto y soluciones y recibe como respuesta una conexión gratuita, quizá el problema ya no sea la cobertura.
Quizá el problema sea quién está al otro lado de la línea.
“Hay algo profundamente contradictorio —y políticamente muy revelador— en determinados discursos de nuestro país: quienes se apresuran a escandalizarse cuando en un acto público se entona el «Cara al Sol» parecen sufrir una sorprendente amnesia cuando políticos, militantes y simpatizantes de la izquierda levantan el puño cerrado y cantan «La Internacional» en mítines, manifestaciones, congresos y actos públicos. Y conviene decirlo sin rodeos: las libertades no pueden tener una ideología determinada…”
Luis BONETE. Periodista Copyright-2026
Hay algo profundamente contradictorio —y políticamente muy revelador— en determinados discursos de nuestro país: quienes se apresuran a escandalizarse cuando en un acto público se entona el «Cara al Sol» parecen sufrir una sorprendente amnesia cuando políticos, militantes y simpatizantes de la izquierda levantan el puño cerrado y cantan «La Internacional» en mítines, manifestaciones, congresos y actos públicos. Y conviene decirlo sin rodeos: las libertades no pueden tener una ideología determinada.
Si una sociedad democrática reconoce y se apoya en la libertad de expresión, esa libertad no puede funcionar mediante un sistema de permisos concedidos según la etiqueta política del ciudadano. No puede existir una libertad de expresión para unos y una libertad vigilada para otros.
Esa libertad de la que hablo, a la que me refiero, puede considerar deplorable el «Cara al Sol». Se puede criticar la Falange.., claro que se puede criticar!. Se puede rechazar frontalmente su ideario. Exactamente igual que esa libertad se puede usar para poner en solfa el socialismo, el comunismo o la historia de los regímenes autoritarios con millones de muertos a sus espaldas que se han proclamado comunistas.
Pero criticar una ideología no otorga el derecho a negar a quienes la sostienen las mismas libertades que se reconocen a quienes sostienen otra ideología. Ese es el punto que algunos no solamente parecen empeñados en entender.
¿Qué diferencia hay cuando cambia el color político?
El problema aparece cuando determinados sectores pretenden convertir sus propias referencias históricas en símbolos legítimos y las de sus adversarios en símbolos intrínsecamente ilegítimos.
En España, dirigentes y militantes de la izquierda levantan habitualmente el puño cerrado, símbolo histórico del movimiento obrero y de las tradiciones socialista y comunista. Lo hacen en actos políticos, manifestaciones, mítines y congresos. Se canta «La Internacional». Se exhiben banderas y símbolos asociados a esas tradiciones. Y nadie debería escandalizarse por ello siempre que se haga dentro de la legalidad.
Precisamente por eso tampoco resulta coherente que el mismo derecho se niegue cuando miembros de FE-JONS realizan su tradicional saludo con el brazo derecho extendido y la palma hacia abajo, o cuando entonan el «Cara al Sol».
¿Dónde está la diferencia jurídica? ¿Dónde está la diferencia democrática? ¿O es que el criterio no depende realmente del símbolo, sino de quién lo utiliza?
Porque si el puño cerrado puede interpretarse como una expresión política legítima cuando lo levanta un militante de izquierdas, habrá que aceptar que un saludo asociado a la tradición falangista puede ser, igualmente, una expresión política de quien lo realiza, sin que por ello haya que convertir automáticamente al ciudadano que lo hace en un delincuente, un fascista o una amenaza latente para la democracia.
Un gesto no adquiere legitimidad democrática por llevar determinada etiqueta política, ni pierde automáticamente esa legitimidad por llevar la contraria a quienes gobiernan o dominan culturalmente.
La historia no puede utilizarse selectivamente
Hay otro problema todavía más grave: utilizar la historia como arma arrojadiza únicamente contra el adversario. Si vamos a juzgar las canciones, los símbolos y los gestos políticos exclusivamente por la historia de las ideologías a las que estuvieron vinculados, entonces habrá que hacerlo con todos.
Porque detrás del «Cara al Sol» existe una historia política que puede y debe ser analizada críticamente. Pero detrás de «La Internacional» existe también una tradición política con una historia muy compleja, y el socialismo y comunismo histórico no pueden presentarse como una corriente políticamente inocente por el simple hecho de que hoy existan partidos democráticos que se identifican con ella.
La cuestión, por tanto, no puede ser «¿qué símbolo me gusta?», sino «¿acepto para mi adversario político la misma libertad que reclamo para mí?» Ahí es donde se descubre quién cree realmente en la libertad.
La democracia no consiste en censurar al adversario
Hay una enorme diferencia entre combatir políticamente unas ideas y pretender silenciarlas. Una democracia fuerte no necesita esconder los símbolos que le resultan incómodos. Los confronta. Los discute. Los rebate. Los somete al juicio de los ciudadanos.
Lo que resulta incompatible con una cultura democrática es la tentación de establecer una especie de jerarquía moral de las libertades, según la cual determinados símbolos serían expresiones políticas respetables y otros convertirían automáticamente a quien los exhibe en sospechoso. Eso conduce a una conclusión especialmente peligrosa: que la libertad deja de ser un derecho y pasa a convertirse en una concesión. Y una libertad concedida por quienes tienen poder deja de ser una libertad plena.
La prueba de la democracia está en el adversario
Es muy fácil defender la libertad de expresión cuando habla alguien con quien estamos de acuerdo. La verdadera prueba llega cuando habla nuestro adversario. Por eso, quien defiende que la izquierda pueda cantar «La Internacional» y levantar el puño conforme a la norma, y no ser criticado por ello, debe aceptar que un falangista pueda entonar el «Cara al Sol» o realizar su saludo tradicional, sin tener que ser sometido a juicio moral o escarnio público. Y quien considere intolerable lo segundo debería tener la honestidad intelectual de explicar, si puede, por qué considera tolerable lo primero.
Desde mi punto de vista, lo que no vale es construir una democracia en la que unos puedan exhibir sus símbolos como expresión de memoria, identidad o ideología, mientras a otros se les exige avergonzarse de los suyos, esconderlos o permanecer en silencio. Eso no es igualdad. Eso es sectarismo. Y el sectarismo no se convierte en democracia por repetir muchas veces la palabra «democracia».
El mismo rasero para todos
No se trata de reivindicar una canción frente a otra. Ni de afirmar que todas las ideologías tienen la misma historia. Ni mucho menos de negar las diferencias históricas entre unas y otras. Se trata de exigir algo mucho más elemental: el mismo rasero. Si «La Internacional» puede cantarse en un acto político, el «Cara al Sol» no puede convertirse automáticamente en un escándalo por el mero hecho de que lo canten otros.
Si un dirigente de izquierdas puede levantar el puño cerrado como expresión de su tradición política, no resulta coherente presentar automáticamente como intolerable que un militante de FE-JONS realice su tradicional saludo. Y si alguien quiere establecer límites jurídicos a determinados símbolos, tendrá que defender esos límites con criterios objetivos, generales y aplicables a todos, no mediante una censura selectiva dirigida exclusivamente contra el adversario ideológico.
Porque la democracia no consiste en decidir qué libertad merece tener mi adversario. Consiste en reconocerle los mismos derechos que quiero que se respeten cuando los ejerzo yo. Y aquí está la cuestión fundamental: Si la libertad de expresión solo se defiende cuando habla quien piensa como nosotros, no estamos defendiendo la libertad. Estamos defendiendo nuestro privilegio para hablar.
Una democracia digna de ese nombre no necesita ciudadanos ideológicamente autorizados para cantar, levantar un símbolo o expresar una determinada tradición política. Necesita ciudadanos iguales ante la ley. Por eso, frente a la indignación selectiva, solo cabe exigir una cosa: el mismo derecho para todos, el mismo límite para todos y el mismo rasero para todos.
Porque cuando la libertad depende de quién la ejerce, ya no es libertad: es privilegio ideológico.
AE!!
«El Rif es, desde hace más de un siglo, una región con una relación tensa con el poder central marroquí. Basta recordar el pasado convulso de la zona —la Guerra del Rif de los años veinte, la República Confederada de Abd el-Krim, o más recientemente, el estallido del Hirak en 2016— para entender por qué cualquier gesto simbólico del Majzén (el poder real que rodea al rey) en esta región se lee en clave política…»
María RUIZ. Copyright-2026
Portadista. Especialista en ‘breaking news’ y noticias de nacional e internacional.
El Rif es, desde hace más de un siglo, una región con una relación tensa con el poder central marroquí. Basta recordar el pasado convulso de la zona —la Guerra del Rif de los años veinte, la República Confederada de Abd el-Krim, o más recientemente, el estallido del Hirak en 2016— para entender por qué cualquier gesto simbólico del Majzén (el poder real que rodea al rey) en esta región se lee en clave política.
El Rif, en el norte montañoso del país, es de mayoría bereber y tiene una larga tradición de resistencia al poder en Marruecos. En los años 1920, Abd el-Krim lideró la República del Rif contra el colonialismo español. Tras la independencia de Marruecos en 1956, las expectativas de integración y desarrollo no se cumplieron.
En 1958 estalló la revuelta rifena por la marginación y el monopolio de cargos por élites de la antigua zona francesa. El entonces príncipe heredero Hasán (el futuro rey Hassán II) dirigió una dura represión militar con decenas de miles de soldados, cuyo resultado fue miles de muertos, la destrucción de pueblos y una herida profunda. Hasán II apenas visitó la región durante su reinado y la mantuvo marginada.
El enfrentamiento actual entre el Rif y la monarquía alauí es principalmente socioeconómico y de identidad, o sea, un polvorín independentista. La región sufre marginación histórica, con alto desempleo, falta de infraestructuras como hospitales y universidades, emigración y una dependencia endémica del cannabis. El Rif es desde hace décadas una de las principales zonas productoras de cannabis del mundo, especialmente resina/hachís.
Allí, especialmente en Alhucemas y pueblos cercanos, surgió en octubre de 2016 el Hirak, el gran movimiento popular del Rif de protesta social, que fue reprimido y algunos de sus líderes siguen encarcelados.
Con este convulso contexto sociopolítico, no es entonces casual que el rey Mohamed VI tenga varias residencias en el Rif a las que viaja habitualmente, en un intento de que su supremacía sea evidente en la zona y entre los bereberes.
Mohamed VI dispone de una red de residencias reales repartida por todo Marruecos, pero llama la atención la concentración de propiedades precisamente en el eje rifeño y prerrifeño. Son estos:
Palacio Real de Tetuán
Es el antiguo Palacio del Jalifa construido durante el Protectorado español, hoy una de sus residencias de verano preferidas, situado en la emblemática Plaza Hassan II. Es una de las 12 residencias oficiales de la monarquía en Marruecos y constituye un imponente símbolo histórico y arquitectónico en la ciudad. Construido originalmente alrededor de 1740 como el palacio del gobernador, el recinto cobró una relevancia única durante el Protectorado español, sirviendo como sede para el Jalifa (el representante del sultán) y el Alto Comisario español. Su fachada exterior destaca por una exquisita fusión de estilo hispano-morisco, adornada con majestuosas puertas de bronce, tallas en madera de cedro e intrincados mosaicos de zelliges.
Palacio de Tánger
El impresionante Palacio del Mendoub, en el conocido barrio de Marshan, fue reconstruido por orden del propio monarca en 2010. Este palacio se lo compró Mohamed VI a la familia Forbes: el mítico Malcolm Forbes, editor de la revista estadounidense. Cuenta con 40.000 metros de superficie. El rey se lo compró directamente a los hijos del editor, cuando este falleció en el 90, para uso privado.
Este complejo palaciego es utilizado por el rey Mohamed VI para recibir a mandatarios internacionales, celebrar cumbres diplomáticas y conmemorar festividades nacionales como la Fiesta del Trono.
Palacio de Rincón
El Palacio de Rincón (M’diq), es la residencia de verano del rey alauí, cerca de Tánger, una propiedad real construida cerca de Nador, a un paso de Melilla, en pleno corazón del territorio rifeño. Con embarcadero privado. La propiedad real construida cerca de Nador, a un paso de Melilla, en pleno corazón del territorio rifeño.
s una de las residencias de verano favoritas y más exclusivas del rey Mohamed VI. A diferencia de los monumentales palacios reales oficiales del país, este complejo destaca por su ubicación estratégica: se sitúa en la costa mediterránea marroquí, en la localidad de M’diq (Rincón), a unos 13 kilómetros del palacio real de Tetuán y a muy poca distancia de la ciudad española de Ceuta. Está muy protegida y lejos de miradas indiscretas; los detalles interiores o exteriores cercanos no se publican por privacidad y seguridad, por lo que no hay imágenes de la residencia. Al parecer, está pensado, según informaciones marroquíes, como futuro retiro del monarca.
Mezquita Mohamed VI en Alhucemas
A estos palacios en territorio rifeño, se suma la Mezquita Mohamed VI de Alhucemas —ciudad símbolo del Hirak, donde nació el movimiento tras la muerte de Mohcine Fikri en 2016— y el megaproyecto de desarrollo Alhucemas, Faro del Mediterráneo, lanzado por el propio rey.
El mensaje de su presencia en el Rif
Es razonable pensar en esta acumulación de residencias reales en el norte del país como una estrategia de visibilidad territorial. En un país donde la legitimidad de la monarquía se apoya en gran medida en la presencia física y ritual del rey (recepciones, discursos del Trono, actos militares), tener palacios en la región que más ha desafiado al poder central manda un inequívoco mensaje de «marcar terreno».
«…, hay escenas que dicen mucho más de quien las protagoniza que todos los discursos pronunciados desde un atril. Llevo más de treinta años contando lo que pasa en Almansa. Treinta largos años de crónicas ininterrumpidas y, cuando la coyuntura lo exige, de crítica sin anestesia al poder municipal, sea del color que sea. Nunca me ha temblado el pulso para señalar, sin pontificar, lo que considero mal hecho. Tampoco me tiembla ahora…»
Hay escenas que dicen mucho más de quien las protagoniza que todos los discursos pronunciados desde un atril. Llevo más de treinta años contando lo que pasa en Almansa. Treinta largos años de crónicas ininterrumpidas y, cuando la coyuntura lo exige, de crítica sin anestesia al poder municipal, sea del color que sea. Nunca me ha temblado el pulso para señalar, sin pontificar, lo que considero mal hecho. Tampoco me tiembla ahora.
Luis BONETE PIQUERAS Periodista. Copyright-2026
Anteayer, en un chat de Facebook, alguien preguntó si el PSOE acudiría a la concentración de apoyo a Ceuta del día 2 de septiembre. La mayoría respondió que no, aludiendo a la afinidad de los hijos almanseños de Pablo Iglesias con Pedro Sánchez. Yo, con la ironía que me caracteriza, opiné lo contrario: que el zurderío almanseño al completo estaría deseando asistir, y que Pilar Callado incluso estrenaría vestuario para la ocasión y se colocaría en el centro de la pancarta. Un comentario inocuo a todas luces, pero cargado de candonga, chanza y befa. Uno más, sobre una costumbre —la de estrenar ropa en cada acto público— que los almanseños comentan con guasa desde que Callado llegó a la alcaldía. No lo descubrí yo. Lo dice más de medio pueblo. Y ella lo sabe.
Ayer viernes, día 28 de septiembre, en la inauguración de la Feria, con mi mujer y su hija a mi lado, la alcaldesa decidió romper el protocolo. Aminoró el paso, se giró hacia mí y, levantando la voz lo justo para dejarse bien oír, delante de autoridades locales y provinciales y de cuanto vecino pasaba por allí, me espetó que sentía vergüenza por mis comentarios machistas en las redes, aludiendo a la broma sobre su vestido.
Pilar Callado no me buscó antes tras leer mi comentario. No me llamó. No me escribió. No solicitó hablar conmigo. No aprovechó ninguno de los innumerables momentos en los que me podría haber expresado personalmente su pesadumbre (minutos antes habíamos estado compartiendo espacio físico y fotos a dos metros de distancia en la puerta del Ayuntamiento) Mi comentario apuntaba con decisión a una ironía política. Un comentario sarcástico. Una opinión. Eso fue todo.
La referencia a su vestuario no nació de ninguna consideración sexista, jamás. Se trata de una conocida circunstancia que, desde hace más de tres años, forma parte incluso de los comentarios jocosos de miles de vecinos sobre la costumbre de la alcaldesa de estrenar indumentaria en la mayoría de los acontecimientos públicos.
Se puede discrepar de la ironía. Por supuesto.
Podrá gustar o no. Podrá parecer brillante o desafortunada. Podrá ser compartida o criticada. Eso es lo maravilloso —y también lo incómodo— de la libertad de expresión. Lo que no puede admitirse es que una frase irónica Callado la transforme en una acusación de racismo o de machismo.
Porque ni una cosa ni la otra. No existe en mis palabras una sola expresión racista. Y, repito, tampoco existe ningún ataque a Pilar Callado por ser mujer.
Nuestra regidora astuta y taimada esperó, o eligió, el escenario perfecto: ella en el centro de la comitiva oficial, investida de poder municipal, y yo entre el público, acompañado por mi familia.
Una imagen, desde luego, muy reveladora. Lo que no se puede hacer es retorcer una frase hasta atribuirle una intención que jamás tuvo para, a continuación, utilizar esa interpretación como arma arrojadiza contra quien la escribió. Y menos aun cuando quien lo hace ostenta la máxima representación institucional de una ciudad.
Porque aquí está el verdadero problema.
- No estamos hablando de una discusión entre dos ciudadanos en una terraza.
- No estamos hablando de un enfrentamiento privado.
- Estamos hablando de una alcaldesa que decide utilizar un acto institucional y su posición de poder para señalar públicamente a una persona.
Olvida Callado que la crítica no necesita permiso. La opinión no necesita autorización del equipo de Gobierno social-comunista que preside. Y el periodista que esto suscribe, miembro de FAPE con número de registro 23.598 y de la Asociación de Periodistas de Albacete número 61 (por si hay dudas) esté en activo, jubilado o escriba desde una red social, no tiene que pedir disculpas por ejercer un derecho fundamental cuando sus palabras no gustan a quien gobierna.
Llevo una larga, muy larga trayectoria ejerciendo el periodismo en Almansa. Más de treinta años. He conocido alcaldes. Cientos de plenos. He cubierto gobiernos. He escuchado promesas y trolas pero que muy gordas. He contado éxitos y fracasos. He recibido y formulado críticas…, y durante todo ese tiempo he aprendido una cosa fundamental: a ningún político le gusta la crítica cuando la crítica le afecta personalmente.
Pero la política no consiste en recibir aplausos. Quien quiera aplausos permanentes que se dedique a otra cosa. Quien decide presentarse a unas elecciones y asumir la responsabilidad de gobernar debe aceptar una realidad elemental: sus decisiones, su gestión y su comportamiento público están sometidos al escrutinio de los ciudadanos.
Dejo aquí una cosa clara, porque no admito que se difumine: mi mujer y su hija no tienen nada que ver con lo ocurrido. No son responsables de lo que yo escribo ni de cómo ejerzo mi libertad de opinión. Estaban allí como vecinas, almanseñas espectadoras de un desfile, no como parte de ninguna disputa, y jamás deberían haber presenciado una escena así por algo que solo me concierne a mí.
No voy a entrar en si la acusación tiene algún fundamento, porque no lo tiene. Voy a entrar en cómo se hizo. Pilar Callado conoce mi teléfono, mi dirección y mi puñado de años de trayectoria pública para localizarme si quería reprocharme algo. Tiene la opción de contestar con las mismas armas que uso yo cuando escribo. Optó por otro sistema: un acto institucional, un desfile de feria, y a mí acompañado de mi familia. Eligió el lugar donde su cargo pesa más y donde yo, como un ciudadano cualquiera, peso menos.
Eso, Pilar Callado, no es valentía. Es cálculo. Alzar la voz contra un particular en mitad de un acto oficial, alterando su desarrollo, no es un gesto espontáneo de indignación, es un uso zafio del cargo. La alcaldesa no habló ayer tarde como Pilar Callado, vecina de Almansa que se siente ofendida. Habló como la autoridad que preside la Feria, rodeada de guardaespaldas invisibles que son el cargo mismo, el escenario y el público cautivo. Y usó todo eso contra un periodista crítico que hace comentarios en Facebook.
Callado hizo ayer una estúpida demostración de poder. Una forma de decir: te he leído, sé quién eres y te reprocho públicamente lo que escribes. Y eso, viniendo de una alcaldesa, resulta profundamente inquietante.
Porque cuando el poder deja de responder a las críticas con argumentos y comienza a convertir al crítico en el problema, algo empieza a funcionar mal. Si de verdad hubiera algo que reprocharme, había cien formas de hacerlo con proporción y sin exhibición. Ella escogió la que más ruido podía generar, delante de la gente y delante de mi familia. Eso dice más de su forma de entender el poder que de mi comentario sobre un vestido.
Lo ocurrido plantea además una pregunta inevitable.
¿Por qué tanta irritación? ¿Por qué semejante reacción ante una ironía publicada en un chat de Facebook? ¿Por qué la necesidad de aprovechar un acto público para responder personalmente a un comentario?
No puedo conocer lo que piensa ni lo que siente Pilar Callado. Sólo ella puede explicarlo. Pero sí puedo expresar una interpretación política: quizá la reacción tenga algo que ver con el desgaste. Con la tensión que genera el poder cuando empiezan a acumularse las críticas. Con la frustración de comprobar que una parte cada vez más importante de los almanseños cuestiona la gestión municipal.
Quedan menos de doce meses para las próximas elecciones municipales. Y el reloj político comienza a correr deprisa.
- En Almansa se habla.
- En Almansa se comenta.
- En Almansa se critica.
Como se ha hecho siempre. Los vecinos hablan de limpieza, de proyectos, de servicios públicos, de impuestos, de obras, de promesas y de gestión.
Y, naturalmente, hablan de quienes gobiernan. Eso se llama democracia. Pretender que la crítica desaparezca porque resulta incómoda es inútil. Y buscar en cada comentario crítico una agresión personal, una actitud machista o una intención racista es una peligrosa forma de degradar el debate público.
Parece mentira que a una mujer como Pilar Callado que lleva por bandera eso que se llama ser progresista, haya que recordarle que hay palabras que no deberían utilizarse a la ligera: Racismo. Machismo. Odio. Intolerancia.
Todas ellas son conceptos demasiado graves como para convertirlos en etiquetas de usar y tirar contra cualquier persona que formule una crítica incómoda. Cuando se banalizan esas acusaciones, se corre el riesgo de vaciarlas de contenido. Y cuando desde el poder se utilizan para desacreditar a un crítico, el problema es todavía mayor.
Yo no necesito la aprobación de Pilar Callado para expresar mis opiniones. Y tampoco necesito que le gusten. No escribo para agradar al poder. Nunca lo hice. Y después de más de tres décadas de profesión, difícilmente voy a empezar ahora.
Una cosa más afirmo: Pilar Callado, la primera mujer que preside un Consistorio almanseño, y además de sesgo social-comunista, puede estar tranquila.
- No voy a dejar de opinar.
- No voy a dejar de escribir.
- No voy a abandonar la ironía porque a ella o alguien le resulte incómoda.
- Y tampoco voy a aceptar que se me coloque públicamente una etiqueta que no me corresponde.
Si Pilar Callado cree que he sido injusto con ella, que responda. Si considera que mis opiniones son equivocadas, que las rebata. Si piensa que su gestión merece más reconocimiento, que sea su gestión la que hable. Pero que no creo de recibo que use en su beneficio el poder institucional como altavoz para señalar personalmente a un ciudadano. Porque mi obligación como ciudadano —y mi formación como periodista— no me permiten mirar hacia otro lado cuando considero que algo debe ser denunciado o cuestionado.
Hay algo intocable y que debe permanecer por encima de quienes ocupan circunstancialmente un despacho municipal: el respeto a la libertad de expresión y a la crítica. A menos de un año de las elecciones locales, los ciudadanos de Almansa tendrán la oportunidad de juzgar la gestión del actual gobierno municipal.
Ese sí será el verdadero debate. No el vestido que pueda estrenar una alcaldesa. No un comentario irónico en Facebook. No la opinión de un periodista jubilado.
El verdadero debate será qué se ha hecho, qué no se ha hecho y qué valoración merecen quienes han gobernado la ciudad durante estos años. Y ese debate no se resolverá señalando a quien critica. Se resolverá en las urnas. Pilar, Pilar…, pareces olvidar que el poder es pasajero. La alcaldía es temporal. Los gobiernos cambian. Las mayorías se pierden
Mientras tanto, conviene recordar una vieja lección del periodismo y de la democracia:
“cuando el poder se siente incómodo ante la crítica, tiene dos opciones: mejorar aquello que se critica o intentar desacreditar a quien critica…”
La primera exige trabajo. La segunda sólo exige poder. Y ayer, en el recinto ferial de Almansa, mi familia y yo pudimos comprobar cuál de las dos eligió Pilar Callado.
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