Vuelve la sotana

RELIGIÓN | El ‘número dos’ del Vaticano obliga a llevarla

  • En el Vaticano es raro ver a un clérigo que no la lleve
  • Pero en el resto del mundo, los mayores de 50 años no quieren ni verla
  • Hace 50 años, el cardenal arzobispo de París, ordenó que se dejase de usar

Por Jose Manuel VIDAL. Copyright.2012

Vuelve la sotana o, en su caso, el clergyman. Por imposición vaticana y hasta por devoción. En el territorio del Estado Vaticano ya es obligatorio el traje talar. En muchas diócesis, los sacerdotes jóvenes optan por él para visibilizarse. Vuelven a verse por las calles de pueblos y ciudades curas y monjas vestidos con sus respectivos hábitos. Y hasta en los seminarios proliferan cada vez más. Dicen sus partidarios que el hábito no hace al monje, pero le ayuda.

«En un tiempo en el cual cada uno está especialmente llamado a renovar la conciencia y la coherencia de la propia identidad, por venerado encargo, pido a todos los eclesiásticos y religiosos en servicio en el Vaticano que sean fieles al uso cotidiano del hábito talar que les es propio«. La orden, tajante, salió el pasado día 15 de octubre de la Secretaría de Estado, la sala de máquinas de la Curia vaticana.

Firmada por el número dos de la Santa Sede, cardenal Tarcisio Bertone, trata, en sus propias palabras, de «llamar la atención sobre la importancia de la disciplina a inherente al uso cotidiano del traje eclesiástico y religioso«. Y Bertone aduce una razón jurídica: la estipulada por el Papa Juan Pablo II ya en 1982. Y otra moral: «En obsequio al deber de ejemplaridad que incumbe, sobre todo, a quienes prestan servicio al Sucesor de Pedro».

En el Vaticano es raro ver a un clérigo que no cumpla lo que pide el cardenal Bertone en su circular, por lo que, la misiva parece estar dirigida más al resto del mundo que a los trabajadores de la Santa Sede. Es decir, en la alambicada jerga vaticana, la orden del Secretario de Estado puede leerse así: El Papa quiere que todos los clérigos del mundo utilicen el traje talar. De hecho, la sotana viene urgida por el propio Código de Derecho Canónico, que establece, en su artículo 284, que los clérigos deben llevar un hábito eclesiástico «digno, según las normas dadas por la Conferencia episcopal t las costumbres legítimas del lugar».

La ley de la Iglesia se presta a interpretaciones y, de hecho, han sido muchos los curas que, en aras de las «costumbres legítimas del lugar», colgaron la sotana hace años y no se la han vuelto a poner. Y la costumbre es ley sobre todo en los sacerdotes del Concilio y del postconcilio, que no sólo se despojaron de la sotana por comodidad, sino por encarnarse con el mundo y ser uno más al servicio del Pueblo de Dios, como pedía el Vaticano II.

El primero, el arzobispo de París

Hace 50 años, el cardenal arzobispo de París, monseñor Maurice Feltin, ordenó que los sacerdotes de su diócesis dejasen de usar la sotana en condiciones normales. Fue el primer prelado del mundo en hacerlo. Su decisión, tomada el 29 de junio de 1962, no se presentó como doctrinal o moral, sino pastoral. Es decir, como una adaptación de las costumbres eclesiásticas a las cambios sociales y al «aggiornamento» que pedía el Papa Bueno, Juan XXIII. Y de hecho, ese mismo año la iniciativa del prelado parisino era seguida por la mayoría de las diócesis francesas.

Pasó el Concilio y el postconcilio de Pablo VI. Y, al solio pontificio llegó Juan Pablo II. El Papa polaco, asustado por la, a su juicio, excesiva apertura eclesial, decidió volver a colocar el péndulo eclesial en la derecha. Y comenzó lo que los teólogos llaman «el proceso de involución». Que afectó a todos los aspectos de la vida de la Iglesia y, por consiguiente, también a la indumentaria clerical, que, poco a poco, fue resucitando.

Hoy, 50 años después, los papeles se invirtieron y son los sacerdotes jóvenes los que quieren usar la sotana cuya abolición los viejos defienden. Los párrocos más veteranos y curtidos en mil batallas pastorales los llaman curas «del cocodrilo». Porque, cuando dejan el clergyman o las ropas litúrgicas, van a la última y muchos llevan polos Lacoste. Son los nuevos curas. Curas distintos. Según sus mayores, mucho más conservadores, espiritualistas, mandones y cómodos. «Hijos de su tiempo», dicen los obispos, para defenderlos.

Seminaristas con siglas

Ha fallado el antiguo vivero rural del que se nutría la Iglesia. Ahora, la mayoría procede de ambientes urbanos y universitarios y son frecuentes las vocaciones maduras, con carreras terminadas. Por vez primera, son más los seminaristas hijos de comerciantes, funcionarios, transportistas o del sector servicios que de agricultores y ganaderos.

El cambio generacional se viene produciendo desde hace 15 años, como consecuencia del repliegue de la propia Iglesia y del cambio espectacular en la procedencia de los seminaristas. Antes, la mayoría venían de los seminarios menores. Ahora, las principales canteras son las parroquias de las ciudades y los nuevos movimientos neoconservadores (Opus Dei, Comunión y Liberación, Neocatecumenales, Focolares…). Seminaristas «con siglas» que, a imagen y semejanza de sus movimientos-nodriza, buscan seguridades y son partidarios de identidades fuertes.

Para los sacerdotes de más de 50 años, la sotana es un «retroceso», es arrogancia, endurecimiento ideológico y renuncia a la modernidad por la que combatieron toda la vida y a una Iglesia encarnada entre la gente, samaritana y solidaria con «los gozos y las sombras» del pueblo de Dios, como pide el Concilio.

«El color negro recuerda a todos que el que lo lleva ha muerto al mundo» Por su parte, los partidarios de la sotana aducen todo tipo de razones. Así lo explica, por ejemplo, el famoso demonólogo y exorcista español, José Antonio Fortea: «El hábito eclesiástico es un signo de consagración para uno mismo. Nos recuerda lo que somos, recuerda al mundo la existencia de Dios, hace bien a los creyentes que se alegran de ver ministros sagrados en la calle y supone una mortificación en tiempo caluroso».

Más aún, «el sacerdote, al mirarse en el espejo o en una foto, y verse revestido de un hábito eclesiástico piensa: tú eres de Dios. Revestido con su traje talar, su naturaleza humana queda cubierta por la consagración. El que viste su hábito eclesiástico es como si dijera: el lote de mi heredad es el Señor».

El Padre Fortea acumula más razones: «El color negro recuerda a todos que el que lo lleva ha muerto al mundo. Todas las vanidades del siglo han muerto para ese ser humano que ya sólo ha de vivir de Dios. El color blanco del alzacuellos simboliza la pureza del alma. Conociendo el simbolismo de estos dos colores es una cosa muy bella que todas las vestiduras del sacerdote, incluso las de debajo de la sotana, sean de esos dos colores: blanca camisa y alzacuellos, negro jersey, pantalones, calcetines y zapatos».

El propio Benedicto XVI urgía, hace unos meses, a los sacerdotes católicos a recuperar el uso de la sotana para estar «presentes, identificables y reconocibles». Ideas y razones que se vienen reiterando y urgiendo desde hace más de 30 años.

Pero por mucho que el Papa y los obispos canten las loas de la sotana, los curas maduros y viejos no quieren ni van a volver a ponérsela. Para muchos de ellos, volver a la sotana sería el signo de que toda su vida entregada al servicio del pueblo de Dios no tuvo sentido. Y, además, «la gente tiene que reconocernos por nuestras obras», dicen. Porque «el hábito no hace al monje, sólo lo aparta de la gente y lo recluye en la casta clerical». Vuelve la sotana, pero no para todos los curas.

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