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LA PLAGA DE LA PROCESIONARIA DEL PINO INVADE EL ENTORNO DEL PANTANO

“…, ya alzamos la voz sobre este problema en el pasado mes de noviembre de 2024, y de nuevo no hay más que fijarse un poco y por supuesto llevar cuidado para evitar que cientos de bolsas de larvas de la oruga de la especie Thaumetopoea pityocampa, la conocida como procesionaria del pino (serán ya miles en el conjunto de la extensión de la serranía local) y que han infectado el entorno  Pantano de Almansa, justo por donde se ubica la senda circular que es transitada por miles de almanseños y visitantes, no te rocen o causen daños irreparables a tus mascotas.  El pinar almanseño, desde el pasado mes de octubre y hasta el momento actual, muestra en todo su “esplendor” el descuido y la desidia a que es sometido por parte de la Consejería de Agricultura y la concejalía de Medio Ambiente de la que es titular el socialista Francisco Javier Gimeno García.

En España está considerado como el insecto defoliador (que provoca la caída artificial de las hojas de los árboles) más importante de los pinares. Si el departamento de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Almansa no hace nada, o no adopta medidas, es más que previsible que la plaga avance sin control y nos encontremos con un problema de envergadura. La Guardia Civil avisó ya en su momento con un mensaje a nivel nacional: «Ya está apareciendo la procesionaria del pino. En los seres humanos pueden provocar irritación en oídos, nariz y garganta. Y si un perro lame una oruga o sufre una picadura tendrá graves heridas o incluso puede morir. Las consecuencias en los pinos pueden ser peores: la total desfoliación, e incluso la muerte del árbol…». Y para muestra de ello, ver una de las fotografías que ilustran este reportaje en la que un pino joven aparece “devorado” por las orugas…”

Luis BONETE. Copyright-2026

“…, ya alzamos la voz sobre este problema en el pasado mes de noviembre de 2024, y de nuevo no hay más que fijarse un poco y por supuesto llevar cuidado para evitar que cientos de bolsas de larvas de la oruga de la especie Thaumetopoea pityocampa, la conocida como procesionaria del pino (serán ya miles en el conjunto de la extensión de la serranía local) y que han infectado el entorno  Pantano de Almansa, justo por donde se ubica la senda circular que es transitada por miles de almanseños y visitantes, no te rocen o causen daños irreparables a tus mascotas.  El pinar almanseño, desde el pasado mes de octubre y hasta el momento actual, muestra en todo su “esplendor” el descuido y la desidia a que es sometido por parte de la Consejería de Agricultura y la concejalía de Medio Ambiente de la que es titular el socialista Francisco Javier Gimeno García.

En España está considerado como el insecto defoliador (que provoca la caída artificial de las hojas de los árboles) más importante de los pinares. Si el departamento de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Almansa no hace nada, o no adopta medidas, es más que previsible que la plaga avance sin control y nos encontremos con un problema de envergadura. La Guardia Civil avisó ya en su momento con un mensaje a nivel nacional: «Ya está apareciendo la procesionaria del pino. En los seres humanos pueden provocar irritación en oídos, nariz y garganta. Y si un perro lame una oruga o sufre una picadura tendrá graves heridas o incluso puede morir. Las consecuencias en los pinos pueden ser peores: la total desfoliación, e incluso la muerte del árbol…». Y para muestra de ello, ver una de las fotografías que ilustran este reportaje en la que un pino joven aparece “devorado” por las orugas…”

Luis BONETE. Copyright-2024

Ya alzamos la voz sobre este problema en el pasado mes de noviembre de 2024, y de nuevo no hay más que fijarse un poco y por supuesto llevar cuidado para evitar que cientos de bolsas de larvas de la oruga de la especie Thaumetopoea pityocampa, la conocida como procesionaria del pino (serán ya miles en el conjunto de la extensión de la serranía local) y que han infectado el entorno  Pantano de Almansa, justo por donde se ubica la senda circular que es transitada por miles de almanseños y visitantes, no te rocen o causen daños irreparables a tus mascotas.  El pinar almanseño, desde el pasado mes de octubre y hasta el momento actual, muestra en todo su “esplendor” el descuido y la desidia a que es sometido por parte de la Consejería de Agricultura y la concejalía de Medio Ambiente de la que es titular el socialista Francisco Javier Gimeno García.

En España está considerado como el insecto defoliador (que provoca la caída artificial de las hojas de los árboles) más importante de los pinares. Si el departamento de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Almansa no hace nada, o no adopta medidas, es más que previsible que la plaga avance sin control y nos encontremos con un problema de envergadura. La Guardia Civil avisó ya en su momento con un mensaje a nivel nacional: «Ya está apareciendo la procesionaria del pino. En los seres humanos pueden provocar irritación en oídos, nariz y garganta. Y si un perro lame una oruga o sufre una picadura tendrá graves heridas o incluso puede morir. Las consecuencias en los pinos pueden ser peores: la total desfoliación, e incluso la muerte del árbol…». Y para muestra de ello, ver una de las fotografías que ilustran este reportaje en la que un pino joven aparece “devorado” por las orugas…”

Según datos del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), la plataforma Alerta Forestal recoge cientos de fotografías de bosques afectados por la procesionaria en nuestro país. Esto permite que los ecólogos del equipo puedan sacar las primeras conclusiones sobre la gran afectación de la procesionaria en nuestros los bosques durante los últimos años.

El coordinador científico de Alerta Forestal en el CREAF, Jordi Vayreda, compartía su preocupación por el hecho de que “la procesionaria no suele afectar a los mismos pinares un año tras otro. En estas condiciones los árboles fuertemente afectados no tienen tiempo de recuperarse, se van debilitando y pueden acabar muriendo”.

La procesionaria del pino es un lepidóptero perteneciente a la familia Thaumetopoeidae, un insecto que abunda en bosques de pinos de Europa, Asia y el norte de África, aunque también ha sido introducida en algunas zonas de América del Sur. En España está considerada como el insecto defoliador (que provoca la caída artificial de las hojas de los árboles) más importante de los pinares, y aunque puede alimentarse de todas las especies de los géneros Pinus, Cedrus y Abies, prefieren los pinos como el pino laricio (Pinu nigra).

Plaga forestal o riesgo para la salud pública

Las orugas (larvas) están cubiertas de pelos urticantes que se desprenden y flotan en el aire, por lo que pueden provocar irritación en oídos, nariz y garganta en los seres humanos, así como intensas reacciones alérgicas. La sustancia que le confiere esta capacidad urticante es una toxina termolábil denominada Thaumatopina.

Aun cuando las poblaciones de Thaumetopoea pityocampa alcanzan niveles muy elevados y son capaces de defoliar los árboles de forma intensa, sus riesgos como plaga forestal suelen reducirse a aminorar el crecimiento de los pinos. En aquellos lugares con un fuerte estrés hídrico, estas defoliaciones pueden ser muy poco relevantes, teniendo en cuenta el nivel de crecimiento impuesto por el clima. En los años en los que las poblaciones son elevadas, las defoliaciones pueden afectar a la totalidad de la masa foliar, aunque el árbol no llega a morir. Sin embargo, sí constituyen un peligro si la procesionaria afecta año tras año a los mismos árboles.

Además de su impacto en los bosques, la procesionaria suele ser tenida en cuenta como un problema de salud pública porque representa un peligro para niños y animales que se encuentren en zonas donde habitan las orugas.

Para los niños, el riesgo de entrar en contacto con las esporas de la oruga puede traducirse en sufrir una urticaria, pero en los perros puede llegar a ser algo mortal en caso de inflamar las vías respiratorias.

¿Cómo se controla la procesionaria?

Para controlar de forma artificial las poblaciones de esta especie se utilizan medios físicos, químicos y biológicos, como las trampas de feromonas para capturar a los machos adultos, que reducen las posibilidades de reproducción y por tanto las poblaciones. Los medios físicos pasan por la eliminación de los bolsones: cuando las orugas están dentro, estos se cortan, apilan e incineran.

A día de hoy, el método que siguen muchos Ayuntamientos (esperemos que el de Almansa tome nota) consiste en una inyección que se aplica directamente en el tronco del pino y que permite la administración de dicha solución por vía intravascular, consiguiendo así que la plaga que está intentando alimentarse del pino se vea afectada por ese producto.

La lucha química consiste en la fumigación con insecticidas que durante los primeros estadios de desarrollo de las larvas. Hasta el año 2012, se utilizaban también medios aéreos hasta que fueron prohibidos por la Unión Europea en el marco de actuación para conseguir un uso sostenible de los productos fitosanitarios.

Sin embargo, el mejor método de control para la procesionaria del pino sería el propio equilibrio de la naturaleza, si esta no se viera alterada, ya que cuenta con numerosos depredadores como pájaros, hormigas rojas, avispas o murciélagos. También destaca la eficacia de unos hongos del suelo, que rompen el ciclo biológico de esta especie: se trata de los hongos Cordyceps, cuyas esporas quedan atrapadas entre los pelos de las orugas en su descenso a tierra en primavera.

El soterramiento de estas y la humedad de la tierra favorecen la germinación de los hongos sobre la crisálida, matando a la mariposa que se desarrolla en su interior. Según indica el CREAF, es también recomendable como parte del plan de reforestación, no repoblar con especies de pinos sensibles a esta plaga, como son el pino laricio o los pinos exóticos.

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NAVIDAD Vs ADOCTRINAMIENTO

«…, el despacho de Pelayo Antón, jefe de Estudios del IES Vasco de Gama, olía al suave perfume a lavanda que desprendía una varita de incienso que se consumía lentamente al fondo de la estancia. Irune Rojas, madre de Samara, alumna de tercero de ESO del citado instituto usó los nudillos para con cierta energía, hacerse notar al otro lado de la puerta del despacho de Pelayo. Invitada a entrar, y una vez tomado acomodo, Irune Rojas comenzó a explicar al jefe de Estudios el motivo de su petición de cita urgente…»

Luis BONETE. Periodista Copyright-2025

El despacho de Pelayo Antón, jefe de Estudios del IES Vasco de Gama, olía al suave perfume a lavanda que desprendía una varita de incienso que se consumía lentamente al fondo de la estancia. Irune Rojas, madre de Samara, alumna de tercero de ESO del citado instituto usó los nudillos para con cierta energía, hacerse notar al otro lado de la puerta del despacho de Pelayo.

Invitada a entrar, y una vez tomado acomodo, Irune Rojas comenzó a explicar al jefe de Estudios el motivo de su petición de cita urgente a dos días antes del comienzo de las vacaciones navideñas. “Vengo a mostrarle mi disconformidad -dijo- por el hecho de que el profesor de mi hija Irune haya proyectado, ayer, en horario lectivo la película “La Natividad”, un hecho que considero a todas luces adoctrinamiento religioso, algo inadmisible en un estado laico como es España”.

Pelayo Antón, tras reflexionar unos segundos respondió: “Sra. Rojas, la proyección de esa película forma parte de nuestras actividades complementarias de final de trimestre, en un contexto meramente cultural y festivo. Por supuesto no tiene carácter evaluable ni forma parte del currículo obligatorio. El objetivo es crear un ambiente festivo apropiado a estas fechas, que forman parte del calendario escolar oficial

Con la habilidad que otorgan los años de docencia, el jefe de Estudios añadió que, “le aseguro Sra. Rojas, que el profesor de su hija no tiene ni por asomo intención de imponer ninguna creencia religiosa. Recuerde -añadió- que la Navidad forma parte de nuestro patrimonio cultural compartido, similar a cuando estudiamos otras tradiciones culturales a lo largo del curso. El profesorado de este IES no presenta estos contenidos como verdades que deban aceptarse, sino como parte de nuestra realidad social

Irune Rojas escuchaba entre atónita y sorprendida al jefe de Estudios, y como éste viera que, o bien no sabía que contestarle, o estaba a punto de montar en cólera, decidió poner punto y final a la reunión y sentenció: “No obstante lo anteriormente dicho desde este Centro respetamos absolutamente sus valores familiares. Sra. Rojas, si lo prefiere, y de cara al futuro, durante estas actividades su hija puede optar por realizar una tarea alternativa en la biblioteca o en otro espacio del centro, sin que esto suponga ningún problema, ni para ella ni para el claustro de profesores. ¿Hay alguna solución específica que le parecería adecuada? -preguntó Antón a Rojas-. Estamos abiertos a encontrar un equilibrio entre las actividades del centro y las sensibilidades de todas las familias. ¿Quiere aportar alguna propuesta específica que le parecería adecuada?”.

Este imaginario suceso, es solamente la punta del iceberg de los innumerables problemas que deben de afrontar el profesorado en los centros educativos españoles y sobre el que hoy me quiero manifestar.

Me pregunto: ¿Los padres pueden considerar que un profesor adoctrina a sus alumnos por proyectar en clase y en época navideña y como actividad no lectiva una película navideña?

Tras reflexionar sobre el asunto opino que no. El relato ficticio que abre este trabajo en el que se narra que un profesor proyecta la película «La Natividad» en época navideña claramente como actividad no lectiva, no puede ni debe considerarse adoctrinamiento por varios motivos:

  • Contexto cultural y festivo: Los días de Navidad forman parte del patrimonio cultural español y europeo. Mostrar contenido relacionado con esta festividad durante las fechas correspondientes, es coherente con el calendario festivo que los propios Centros educativos siguen (vacaciones navideñas, decoraciones, visitas a belenes, cánticos de villancicos etc.).
  • Actividad no lectiva: Al ser una actividad complementaria y no formar parte del currículo obligatorio, tiene un carácter completamente distendido festivo y voluntario. No se está evaluando a los alumnos, ni mucho menos exigiéndoles la adhesión a ninguna creencia.

Para que pudiéramos referirnos al adoctrinamiento que Irune Rojas denuncia sufre su hija Samara, deberían de darse estas circunstancias:

  • Presentar la película La Natividad y su contenido o mensaje como una única visión o verdad absoluta e incuestionable.
  • Usar la proyección del film para presionar o evaluar según la adhesión a determinadas creencias.
  • Impedir con su visionado el pensamiento crítico o alternativo.
  • Imponer la asistencia y/o participación como obligatoria en actos de culto.

En cambio, es bien sabido que el film La Natividad (año 2006) es una película navideña con:

  • Contenido cultural ampliamente aceptado.
  • Su guion se alimenta de tradiciones compartidas por millones de familias.
  • Carece por completo de imposición de creencias religiosas específicas.

Si como Irune Rojas deja patente tiene objeciones legítimas por sus creencias o valores, lo razonable sería que plantease al IES Vasco de Gama una alternativa u otra actividad para su hija Samara, siempre manteniendo el respeto mutuo.

El diálogo entre padres y los centros educativos es fundamental. Esta reflexión literaria tiene como objetivo dejar patente la necesidad imperiosa actual de encontrar soluciones que, amparadas por la tolerancia y el sentido común, permitan el mantenimiento del respeto mutuo, así como la convivencia de diferentes sensibilidades religiosas y sociales en el espacio educativo común de nuestro país.

 

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AL GRITO DE MEJORAS EN EL HOSPITAL: AUSENCIA Y COBARDÍA

«…, hoy domingo día 16 de noviembre de 2025, la plaza de Santa María y escalinatas de acceso al Castillo han sido testigos de una concentración de miles de vecinos de Almansa y su comarca y también del Valle de Ayora que, convocados por la Plataforma de Defensa del Hospital General de Almansa, han mostrado su gran decepción y malestar con la evidente disminución de la calidad de los servicios sanitarios que se prestan en el Hospital General de Almansa…»

Luis BONETE PIQUERAS. Periodista Copyright-2025

Hoy domingo día 16 de noviembre de 2025, la plaza de Santa María y escalinatas de acceso al Castillo han sido testigos de una concentración de miles de vecinos de Almansa y su comarca y también del Valle de Ayora que, convocados por la Plataforma de Defensa del Hospital General de Almansa, han mostrado su gran decepción y malestar con la evidente disminución de la calidad de los servicios sanitarios que se prestan en el Hospital General de Almansa.

El portavoz de la Plataforma ha informado a los presentes sobre la última reunión mantenida con el gerente del Hospital, Antonio Sánchez, marioneta médica en manos de la consejería de Sanidad de CLM, funesto gestor de los medios de que dispone y último responsable del desmantelamiento de servicios como la UCI o la Unidad de Dolor del Hospital.

Hubo reproches elocuentes y denuncias por parte de la Plataforma de la pérdida de especialistas, de las interminables listas de espera que crecen y crecen, también de la pérdida de especialidades, y se evidenció que un Hospital como el de Almansa, diseñado para atender a más de 50.000 pacientes, contara a día de hoy, por poner un ejemplo, con un solo especialista rehabilitador y…, ¡a media jornada!

Desde la Plataforma de Defensa del Hospital de Almansa, se censuró duramente la alarmante ausencia en la concentración de los miembros del equipo de Gobierno presidido por la socialista Pilar Callado. Pero las invectivas más duras fueron dirigidas a la concejal de Sanidad, María José Romero, una mujer que, en palabras del portavoz de la Plataforma, “…, ni siquiera conocemos, ya que jamás desde nuestra fundación ha intentado hablar con nosotros…”.

Si bien es cierto que las competencias en Sanidad del equipo de Gobierno social-comunista de Almansa que preside Pilar Callado, son escasas o nulas, ello no es razón bastante que justifique el “mutis por el foro” con el que la regidora almanseña y su equipo de Gobierno obsequió ayer a los vecinos que la auparon al poder municipal.

Veamos. Cuando hay un conflicto directo entre intereses ciudadanos básicos en este caso como la sanidad y la imagen del partido que gobierna Almansa, la ética democrática exige, si o si, priorizar a los ciudadanos. Existen diferentes y rotundas razones para ello:

La sanidad no es un asunto político negociable, sino un derecho fundamental reconocido constitucionalmente. Los cargos públicos juran o prometen su cargo para servir al interés general, no para proteger la reputación de su partido. En este contexto todos conocemos que un cargo electo tiene múltiples lealtades, pero no todas están al mismo nivel:

1.- La Constitución y los derechos fundamentales de los ciudadanos.

2.- El interés general y el bienestar de quienes representa.

  1. El programa electoral y sus compromisos.
  2. La imagen o cohesión del partido.

Hoy, todos los asistentes a la concentración de la Plataforma por la Defensa del Hospital de Almansa, hemos ejercido de notarios de la vergonzosa situación que se produce cuando una alcaldesa socialista, como Pilar Callado, su concejala de Sanidad, María José Romero, y su socio comunista, Cristian Ibáñez, anteponen descaradamente y sin importarles nada de lo que dicen sus gobernados la disciplina partidista a las necesidades sanitarias reales de los ciudadanos.

Lo digo alto para que se me entienda. Los tres, Callado, Romero e Ibáñez, en representación de unos partidos, PSOE e IU, a los que se les llena la boca de presumir y autodenominarse progresistas: han traicionado de forma palmaria su mandato representativo. Han contribuido, con su falta de empatía a que un problema más que grave como es el de la sanidad, continúe en la senda de la no resolución. Se han cubierto de gloria luciferina alimentando, si es que es posible más, la desafección ciudadana con la política. Y con su asquerosa cobardía, han ensuciado y mancillado el honor de ser ediles democráticos al convertir su cargo en un instrumento del partido que les alimenta, que les hace transferencias todos los meses, que les garantiza (a ellos sí) una atención sanitaria pública preferente, en vez de alinearse con el pueblo que los ha llevado al lugar de privilegio que ocupan.

Callado, Romero e Ibáñez meditan que el conflicto real no es entre ciudadanos que defienden la sanidad o el partido, sino entre valentía política y cálculo de carrera. Los tres munícipes almanseños citados, que serán lo que sean pero tontos no lo parecen, saben pero que muy bien cual sería el camino correcto, y que no es otro que el de apoyar, al menos con su presencia, las justas reivindicaciones de los almanseños, la comarca y el Valle de Ayora…, pero no lo hacen, ni lo harán, porque además de exhibir públicamente su condición de achantados y cagones, lo que más temen son las represalias internas: perder apoyos, ser marginados en listas electorales, pero sobre todo, quedarse sin el sueldo que sale del bolsillo de los vecinos a los que insultan y faltan al respeto con su clamorosa ausencia. Cuando hay un conflicto directo entre intereses ciudadanos básicos como la sanidad y la imagen del partido sea el que sea, la ética democrática exige siempre priorizar a los ciudadanos.

Tome nota quien estas letras pueda leer: en democracia, la cobardía política ante estos dilemas es tan grave como la corrupción económica.

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TIRANIA VANS: UN CLAVO EN EL ATAUD DE LA AUTENTICIDAD

«…, en 1985, España apenas llevaba una década en democracia. La sociedad de consumo estaba en pañales. La mayoría de las familias salían de décadas de penuria, y el instituto era un reflejo de esa realidad: mochilas heredadas, libros forrados con papel kraft, uniformes remendados…. La pobreza relativa era tan generalizada que resultaba invisible como motivo de mofa…»

Luis BONETE. Periodista Copyright-2025

En 1985, España apenas llevaba una década en democracia. La sociedad de consumo estaba en pañales. La mayoría de las familias salían de décadas de penuria, y el instituto era un reflejo de esa realidad: mochilas heredadas, libros forrados con papel kraft, uniformes remendados…. La pobreza relativa era tan generalizada que resultaba invisible como motivo de mofa

Las marcas existían, por supuesto. Estaban los vaqueros Lois, los jeans Levi’s traídos de contrabando, algún que otro polo Lacoste o Fred Perry en las familias más pudientes…. Pero eran excepciones exóticas, no el precepto exigido. Portear ropa sin marca no te convertía en paria social porque la inmensa mayoría estaba en la misma situación.

Y algo fundamental: los adolescentes de entonces compensaban la escasez de objetos de consumo con creatividad identitaria. Customizaban su ropa, pintaban sus mochilas, se definían por sus gustos musicales -rockeros, heavies, modernos, tecnos, punkis- o por sus ideas políticas. La identidad se cimentaba desde dentro, no se compraba en una tienda. El dinero no lo era todo.

En los años 80, el capital social en el instituto se medía por otros parámetros: tu personalidad, tu sentido del humor, tu valentía, tu habilidad en el fútbol del recreo, tu talento para tocar la guitarra, tu rebeldía auténtica. Había líderes naturales que no tenían dinero, y niños de familias acomodadas que pasaban desapercibidos.

Hoy en día, es preocupante observar cómo la adolescencia, ese período crucial de formación de la identidad, ha quedado secuestrada por el consumismo más descarado. Los jóvenes en ruta a su centro educativo no acarrean mochilas para transportar libros; ostentan estandartes de pertenencia, uniformes no oficiales que determinan su estatus en la jerarquía social del instituto. Y lo más alarmante es la crueldad con la que se castiga a quien osa desviarse de este precepto no escrito.

El respeto se ganaba con actitud, no con etiquetas. Un adolescente ingenioso y carismático con ropa de mercadillo tenía más estatus social que uno aburrido con ropa cara. El escalafón social era complejo, multifactorial, y el dinero era solo uno de muchos elementos.

El cambio llegó gradualmente en los años 90. España entró en la Unión Europea, la economía se globalizó, llegó la televisión privada bombardeando con publicidad. Marcas deportivas como Nike, Adidas, Reebok, Converse All Star, entre otras, inauguraron la conquista del imaginario juvenil.

Cuarenta años después, el panorama es irreconocible: es más que evidente que por las calles, pero sobre todo por los pasillos de nuestros institutos se libra una batalla silenciosa pero devastadora. No se trata de notas, ni de aprendizaje, ni siquiera de bullying tradicional. Se trata de algo mucho más insidioso: la dictadura de la marca, donde una simple mochila VANS se ha convertido en el pasaporte obligatorio para la aceptación social.

Los adolescentes actuales han visto reducida su identidad a las marcas que consumen. Ya no se definen por sus ideas, sus gustos musicales (homogeneizados por Spotify y TikTok), sus habilidades o su personalidad. Se definen por lo que llevan puesto. Hoy, la presión es continua y multifrontal: la mochila correcta, el móvil correcto, los auriculares correctos, la ropa de las marcas correctas.  La mochila VANS no es un objeto; es una declaración de existencia: «Soy porque consumo, luego existo«.

En 1985, podías ser «rockero«, «empollón«, «gracioso” o «deportista«. En 2025, eres «el que lleva VANS» o «el pringado sin marca«. La complejidad ha sido aplastada por la uniformidad consumista.

Hace cuarenta años, existían espacios de resistencia. Ser punk, alternativo o contracultural era socialmente respetable, incluso admirado. Hoy, la contracultura ha sido fagocitada por el marketing. Las marcas venden «rebeldía» empaquetada. Incluso la ropa «alternativa» necesita ser de marcas específicas para ser aceptada.

Los adolescentes de 2025 no tienen referentes que rechacen el consumismo. Sus ídolos de TikTok e Instagram son una fauna de influencers que, a pesar de ser más vagos que la chaqueta de un guarda, aparecen guapos y lustrosos en las redes sociales, protagonizando publicidad 24/365. La música mainstream como el reggaetón y otras mierdas es una colaboración constante con marcas de moda. No hay escapatoria del mensaje: consume o muere socialmente.

En 1985, una familia de clase trabajadora podía equipar a su hijo para el instituto con muy poco: una mochila que duraba años, ropa heredada o del mercadillo, material escolar básico. Y el hijo no sufría estigma social por ello.

En 2025, esa misma familia debe destinar cientos de euros a marcas específicas solo para evitar que su hijo sea humillado. No es una cuestión de necesidad funcional, sino de extorsión social. Las familias se endeudan, renuncian a necesidades básicas para poder pagar el peaje de la aceptación social de sus hijos.

En 1985, si sufrías una burla en el recreo, al menos llegabas a casa y descansabas. Tu familia era tu refugio. La humillación tenía límites espaciales y, afortunadamente, temporales.

En 2025, no hay amparo que te salve. Las redes sociales convierten cualquier «defecto» en contenido viral. Una foto de tu mochila «cutre» puede perseguirte durante años, reaparecer en forma de meme y ser comentada por desconocidos. La humillación es pública, permanente y algorítmicamente amplificada.

Además, los adolescentes viven en una exhibición constante. Instagram Stories, TikTok, Snapchat, Facebook: todo es escaparate, todo vanidad, todo es evaluado, todo suma o resta puntos en un marcador social invisible pero implacable.

En los años 80, una moda podía durar años. Si comprabas unas zapatillas de marca, servían para varias temporadas. Hoy, las tendencias cambian cada tres meses. TikTok y las marcas de fast fashion han creado un ciclo frenético donde lo que era tendencia y “cool” en septiembre es ridículo en diciembre.

Esta aceleración tiene dos efectos perversos: primero, incrementa el apremio económico sobre las familias; segundo, genera una ansiedad permanente en los adolescentes que nunca pueden relajarse porque la próxima moda ya está a la vuelta de la esquina.

Los adolescentes de 1985 tenían menos objetos, pero más libertad psicológica. Los de 2025 tienen más posesiones materiales que nunca en la historia, pero viven esclavizados por ellas. Tienen armarios llenos, pero sienten que no tienen «nada que ponerse» si no es de la marca correcta. La abundancia material ha generado pobreza espiritual. Nunca tuvimos tanto y nunca fuimos tan infelices con lo que tenemos.

En los 80, un adolescente que customizaba su ropa o creaba su propio estilo era admirado por su creatividad. Hoy, si te atreves a personalizar tu mochila pintándola tú mismo, eres «raro«, «pobre» o «friki«. La autenticidad ha sido reemplazada por la conformidad de marca. La ironía es patente: las marcas venden «individualidad» pero exigen uniformidad absoluta. «Exprésate comprando exactamente lo mismo que todos los demás» es el mantra esquizofrénico de nuestra época.

En cuarenta años hemos perdido algo precioso que teníamos en los 80: la capacidad de ser alguien sin necesidad de comprar esa identidad. Hemos perdido la pluralidad real, la creatividad auténtica, la libertad de no participar en el juego del consumismo sin pagar un precio social devastador.

Es cierto que los adolescentes de 1985 eran más pobres materialmente, pero más ricos en posibilidades de ser. Los de 2025 tienen más objetos, pero menos libertad para construir su identidad fuera de los dictados del mercado.

Los que fuimos adolescentes en los 70 o 80 y ahora somos padres o abuelos debemos asumir nuestra responsabilidad. Vivimos la transición, vimos cómo el consumismo conquistaba espacios, y no hicimos lo suficiente para proteger a la siguiente generación. Peor aún: muchos participamos activamente en normalizar estos valores.

Nosotros, que conocimos una adolescencia donde era posible ser alguien sin marcas, hemos permitido -a veces incluso fomentado- que nuestros hijos crezcan en una prisión consumista infinitamente más opresiva que la que nosotros conocimos.

La pregunta que deberíamos hacernos es si podemos recuperar algo de aquella libertad perdida. ¿Podemos crear ambientes y vida en institutos donde se valore de nuevo la creatividad, la personalidad, las ideas, el talento, por encima del poder adquisitivo? ¿Podemos educar adolescentes que construyan su identidad desde dentro y no desde el logo que llevan a la espalda?

La respuesta es sencilla: no podemos. Hacerlo requeriría una revolución cultural que enfrentara directamente los intereses de industrias multimillonarias y cuestionara los valores fundamentales de nuestra sociedad de consumo, y eso no va a ocurrir. Pero si no lo intentamos, dentro de otros veinte años alguien escribirá o reflexionará sobre cómo en 2025 todavía existía algún resquicio de humanidad que en 2045 habrá desaparecido completamente.

El tiempo corre. Y cada mochila VANS que compramos por miedo al rechazo social, es un clavo más en el ataúd de la autenticidad.

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EL MÉDICO DE CABECERA

«…la crónica almanseña reza que desde el año 1952 y hasta 1984, ejerció  en Almansa un médico llamado Virgilio Arteaga Ibáñez, más conocido como “don Virgilio”, un prohombre local que presidió la Asociación de la Virgen de Belén, concejal de Sanidad  bajo la alcaldía de Pascual Rodríguez García, benefactor, “ángel de la Guarda” de miles de almanseños, buena persona, pero sobre todo, facultativo de su tiempo, de aquellos a los que el juramento hipocrático obligaba más por pura convicción vocacional que por imperativo universitario, y eso se notaba a la legua…»

Luis BONETE. Periodista Copyright-2025

La crónica almanseña reza que desde el año 1952 y hasta 1984, ejerció  en Almansa un médico llamado Virgilio Arteaga Ibáñez, más conocido como “don Virgilio”, un prohombre local que presidió la Asociación de la Virgen de Belén, concejal de Sanidad  bajo la alcaldía de Pascual Rodríguez García, benefactor, “ángel de la Guarda” de miles de almanseños, buena persona, pero sobre todo, facultativo de su tiempo, de aquellos a los que el juramento hipocrático obligaba más por pura convicción vocacional que por imperativo universitario, y eso se notaba a la legua.

A quienes puedan leer estas letras señalo que fue don Virgilio, ejemplo palmario del acreditado y genuino médico de cabecera, ese galeno que te conocía prácticamente desde tu nacimiento, también a tu familia y por ende a conjunto de ciudadanos a él adscritos. La práctica médica de don Virgilio era que, tras recibir aviso, se presentaba en tu domicilio y te atendía con amabilidad paterna, y si la cosa no apuntaba trascendencia o urgencia, te recibía en su consulta diaria en calle San Francisco por orden de llegada.

Hace dos décadas, cuando ese tipo de asistencia médica apuntaba a su inexorable final, el médico de cabecera mantenía una figura casi patriarcal en la comunidad local. Conocía no solo el historial clínico de sus pacientes, sino también sus circunstancias familiares, sus preocupaciones y hasta sus manías. Las consultas duraban lo necesario, y no era extraño que se extendieran más allá de lo estrictamente médico. Aquel profesional atendía a varias generaciones de la misma familia, convirtiéndose en un referente de confianza que acompañaba desde los partos hasta los últimos días.

La relación era profundamente personal. El médico de cabecera te llamaba por tu nombre sin mirar la pantalla, recordaba que tu madre había tenido diabetes o que tu hijo era alérgico a la penicilina. Las consultas presenciales eran la norma, y el teléfono del centro de salud no resultaba una penalidad kafkiana. Había tiempo para la escucha, para detectar no solo síntomas físicos sino también señales de malestar emocional o social.

Hoy, el médico de cabecera, es ya un nostálgico recuerdo del pasado. Ha sido reemplazado por un facultativo apodado eufemísticamente “de familia” que, asignado en la tarjeta sanitaria esun galeno que trabaja en un contexto radicalmente distinto. Las agendas sobrecargadas por los pobres presupuestos y las bajas contrataciones limitan las consultas a menudo a menos de diez minutos. La presión asistencial es abrumadora: más pacientes, más burocracia, más protocolos. El médico pasa gran parte de la consulta mirando el ordenador, rellenando campos obligatorios, justificando bajas o gestionando derivaciones.

La tecnología ha traído avances innegables: acceso instantáneo a historiales digitalizados, recetas electrónicas, interconsultas más rápidas. Pero también ha interpuesto una pantalla -literal y metafórica- entre médico y paciente. La telemedicina, acelerada por la pandemia del SARS Cov-19 resulta práctica para cuestiones menores, pero ha erosionado aún más ese contacto humano esencial.

La continuidad asistencial se ha fragmentado. Los cambios frecuentes de profesionales (hoy te atiende Ayoub, al mes siguiente Roberto y en primavera Yenni), las sustituciones, los contratos precarios, impiden que se forjen vínculos duraderos. Muchos pacientes, especialmente mayores, echan de menos sentirse escuchados, no reducidos a un diagnóstico informatizado.

Llegados a este punto sería injusto culpar a los médicos actuales de la situación sanitaria que vivimos. Trabajan en un sistema tensionado por la falta de recursos, el envejecimiento poblacional y las crecientes expectativas sociales. Son, en muchos casos, tan víctimas como los propios pacientes de un modelo que prioriza la cantidad sobre la calidad.

El desafío de la medicina en los centros de salud es recuperar la esencia de aquella medicina cercana sin renunciar a los avances tecnológicos. Pero se requiere inversión, aumentar plantillas, reducir ratios, y reconocer que la salud no es solo ausencia de enfermedad, sino también sentirse cuidado. Porque al final, todos necesitamos un médico que no solo nos cure, sino que nos conozca.

Se intuye que, si no cambian las cosas, la consulta telefónica ha venido para quedarse ante la decepción y resignación de los ciudadanos-pacientes. La pandemia de Covid-19 aceleró un cambio que ya se venía gestando: la normalización de las consultas médicas telefónicas. Lo que comenzó como medida de emergencia sanitaria se ha consolidado como modalidad habitual en muchos centros de salud. Y aquí surge el debate: ¿hemos ganado en eficiencia o hemos perdido algo esencial en el camino?

Desde la mera perspectiva organizativa, las ventajas son evidentes. El teléfono permite resolver consultas menores sin desplazamientos: renovar recetas crónicas, valorar síntomas leves, dar resultados de analíticas o ajustar tratamientos. Para el paciente con movilidad reducida, para quien vive lejos del centro de salud, o para quien tiene un trabajo que dificulta ausentarse, supone una comodidad indiscutible.

También reduce la saturación de las salas de espera y optimiza el tiempo del profesional, permitiendo atender más casos en menos horas. En teoría, reserva las consultas presenciales para quienes realmente las necesitan: exploraciones físicas, diagnósticos complejos, seguimientos que requieren contacto directo.

Pero la medicina no es solamente intercambio de información. Un médico experimentado sabe que el diagnóstico empieza cuando el paciente cruza la puerta: cómo camina, su expresión facial, el tono de voz, incluso el olor pueden ser pistas cruciales. Por teléfono, todos esos indicadores desaparecen.

¿Cómo palpar un abdomen? ¿Cómo auscultar unos pulmones? ¿Cómo detectar esa palidez que sugiere anemia, o esa ligera confusión que puede indicar algo grave? La exploración física no es un capricho obsoleto: es una herramienta diagnóstica insustituible. Y su ausencia aumenta el riesgo de pasar por alto patologías importantes.

Más allá de lo clínico, existe una dimensión emocional que el teléfono mutila. La consulta presencial es un espacio de encuentro, de confianza, de complicidad terapéutica. Mirarse a los ojos, sentir que alguien te dedica atención plena, percibir empatía genuina: todo eso forma parte del proceso de dejar atrás la enfermedad y encarar la curación.

Por teléfono, el paciente a menudo se siente despachado, como si fuera un trámite más. La conversación se vuelve transaccional: síntomas, diagnóstico, receta y…, hasta luego Lucas. No hay espacio para esa pregunta adicional que el paciente se atreve a hacer cuando ya tiene la mano en el pomo de la puerta. No hay lugar para detectar la depresión oculta tras un «me duele todo» o la violencia de género camuflada en dolores difusos.

La consulta telefónica también genera desigualdades. Las personas mayores, menos familiarizadas con el teléfono como herramienta médica, o con problemas auditivos, quedan en desventaja. Quienes tienen dificultades para expresarse o no dominan bien el idioma sufren más cuando falta el apoyo del lenguaje corporal. Y aquellos sin privacidad en casa -viviendas compartidas, situaciones vulnerables- pierden la confidencialidad que garantiza la consulta presencial.

Para muchos profesionales, la consulta telefónica es fuente de frustración. Trabajar «a ciegas«, sin poder explorar, genera inseguridad. Aumentan las derivaciones a urgencias «por si acaso«, porque es imposible descartar patología seria sin ver al paciente. Y paradójicamente, lo que debía ahorrar tiempo acaba generando más consultas: el paciente llama varias veces porque no se siente bien atendido, o porque el problema no se resuelve adecuadamente.

La clave no está en demonizar ni idealizar la consulta telefónica, sino en usarla con criterio. Debería ser una opción complementaria, no la modalidad por defecto. El paciente debería poder elegir, y el médico tener autonomía para decidir cuándo es suficiente y cuándo se necesita presencialidad. Ciertos casos son apropiados para el teléfono: como seguimientos de procesos conocidos, cuestiones administrativas, renovaciones rutinarias. Pero cualquier síntoma nuevo, cualquier empeoramiento, cualquier situación que genere incertidumbre clínica, merece una consulta cara a cara, médico-paciente.

La medicina es ciencia, pero también es arte y humanidad. Reducirla a un intercambio verbal a distancia empobrece la relación terapéutica y compromete la calidad asistencial. La tecnología debe estar al servicio de las personas, no al revés. Y una sociedad que se precia de cuidar a sus ciudadanos no puede conformarse con una sanidad de ventanilla telefónica donde lo urgente desplaza sistemáticamente a lo importante.

Porque todos, algún día, necesitaremos un médico que nos mire, nos toque, y nos diga: «tranquilo, vamos a ver qué te pasa«. Y eso, por teléfono, simplemente no es posible.

Si don Virgilio levantara la cabeza….

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